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Benito Pérez Galdós
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Mensaje Benito Pérez Galdós 
 
Continuando con la serie de grandes biografías de ilustres españoles… Este Nonagésimo segundo trabajo recopilatorio está dedicado a Benito Pérez Galdós, fue un prestigioso novelista, dramaturgo y cronista español del final de siglo XIX y principios del XX.

0benito_perez_galdosBenito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 1843 - Madrid, 1920) Novelista, dramaturgo y articulista español. Benito Pérez Galdós nació en el seno de una familia de la clase media de Las Palmas, hijo de un militar. Recibió una educación rígida y religiosa, que no le impidió entrar en contacto, ya desde muy joven, con el liberalismo, doctrina que guió los primeros pasos de su carrera política.

Cursó el bachillerato en su tierra natal y en 1867 se trasladó a Madrid para estudiar derecho, carrera que abandonó para dedicarse a la labor literaria. Su primera novela, La sombra, de factura romántica, apareció en 1870, seguida, ese mismo año, de La fontana de oro, que parece preludiar los Episodios Nacionales.

Dos años más tarde, mientras trabajaba como articulista para La Nación, Benito Pérez Galdós emprendió la redacción de los Episodios Nacionales, poco después de la muerte de su padre, probablemente inspirado en sus relatos de guerra –su padre había participado en la guerra contra Napoleón–. El éxito inmediato de la primera serie, que se inicia con la batalla de Trafalgar, lo empujó a continuar con la segunda, que acabó en 1879 con Un faccioso más y algunos frailes menos. En total, veinte novelas enlazadas por las aventuras folletinescas de su protagonista.

Durante este período también escribió novelas como Doña Perfecta (1876) o La familia de León Roch (1878), obra que cierra una etapa literaria señalada por el mismo autor, quien dividió su obra novelada entre Novelas del primer período y Novelas contemporáneas, que se inician en 1881, con la publicación de La desheredada. Según confesión del propio escritor, con la lectura de La taberna, de Zola, descubrió el naturalismo, lo cual cambió la manière de sus novelas, que incorporarán a partir de entonces métodos propios del naturalismo, como es la observación científica de la realidad a través, sobre todo, del análisis psicológico, aunque matizado siempre por el sentido del humor.

Bajo esta nueva manière escribió alguna de sus obras más importantes, como Fortunata y Jacinta, Miau y Tristana. Todas ellas forman un conjunto homogéneo en cuanto a identidad de personajes y recreación de un determinado ambiente: el Madrid de Isabel II y la Restauración, en el que Galdós era una personalidad importante, respetada tanto literaria como políticamente.

En 1886, a petición del presidente del partido liberal, Sagasta, Benito Pérez Galdós fue nombrado diputado de Puerto Rico, cargo que desempeñó, a pesar de su poca predisposición para los actos públicos, hasta 1890, con el fin de la legislatura liberal y, al tiempo, de su colaboración con el partido. También fue éste el momento en que se rompió su relación secreta con Emilia Pardo Bazán e inició una vida en común con una joven de condición modesta, con la que tuvo una hija.

Un año después, coincidiendo con la publicación de una de sus obras más aplaudidas por la crítica, Ángel Guerra, ingresó, tras un primer intento fallido en 1883, en la Real Academia Española. Durante este período escribió algunas novelas más experimentales, en las que, en un intento extremo de realismo, utilizó íntegramente el diálogo, como Realidad (1892), La loca de la casa (1892) y El abuelo (1897), algunas de ellas adaptadas también al teatro. El éxito teatral más importante, sin embargo, lo obtuvo con la representación de Electra (1901), obra polémica que provocó numerosas manifestaciones y protestas por su contenido anticlerical.

Durante los últimos años de su vida se dedicó a la política, siendo elegido, en la convocatoria electoral de 1907, por la coalición republicano-socialista, cargo que le impidió, debido a la fuerte oposición de los sectores conservadores, obtener el Premio Nobel. Paralelamente a sus actividades políticas, problemas económicos le obligaron a partir de 1898 a continuar los Episodios Nacionales, de los que llegó a escribir tres series más.

Espero que recopilación de información e imágenes que he preparado os resulten interesantes y contribuya en la divulgación y conocimiento de este ilustre personaje.




Lista completa de trabajos realizados de grandes biografías de ilustres españoles o asimilados



Resumen Biográfico:


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Benito Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria, 10 de mayo de 1843 - Madrid, 4 de enero de 1920) fue un novelista, dramaturgo y cronista español. Se trata de uno de los principales representantes de la novela realista del siglo XIX y uno de los más importantes escritores en lengua española.


Infancia y juventud

Galdós era el décimo hijo de un coronel del ejército, Sebastián Pérez, y de Dolores Galdós, una dama de fuerte carácter e hija de un antiguo secretario de la Inquisición. Su padre inculcó en el hijo el gusto por las narraciones históricas contándole asiduamente historias de la Guerra de la Independencia, en la que había participado. Su imaginación fue desbordante ya desde muy joven. En 1852 ingresó en el Colegio de San Agustín, que aplicaba una pedagogía activa y bastante avanzada para la época, durante los años en que empezaban a divulgarse por España las polémicas teorías darwinistas, de lo cual hay ecos en obras suyas como, por ejemplo, Doña Perfecta.

Obtuvo Galdós el título de bachiller en Artes en 1862, en el Instituto de La Laguna, y empezó a colaborar en la prensa local con poesías satíricas, ensayos y algunos cuentos. También se había destacado por su interés por el dibujo y la pintura. Después de la llegada de una prima suya a casa, el joven Galdós se trastornó emocionalmente y sus padres decidieron que se fuera a la capital a estudiar la carrera de Derecho.


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Benito Pérez Galdós hacia 1863 Fotografía de la Familia Pérez-Galdós que se expone en la Casa-Museo Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria).

Llegó a Madrid en septiembre de 1862, se matriculó en la universidad y tuvo por profesores a Fernando de Castro, Francisco de Paula Canalejas, Adolfo Camús y Valeriano Fernández. Allí también conoció al fundador de la Institución Libre de Enseñanza, Francisco Giner de los Ríos, que le alentó a escribir y le hizo sentir curiosidad por una filosofía, el krausismo, que marcaría fuertemente su primera novelística. Sin embargo, de momento se limitó a frecuentar los teatros y a crear con otros escritores paisanos suyos (Nicolás Estévanez, José Plácido Sansón, etcétera) la «Tertulia Canaria» en Madrid, mientras acudía a leer al Ateneo a los principales narradores europeos en inglés y francés. Allí, durante una conferencia de Leopoldo Alas «Clarín», traba amistad con el famoso crítico y novelista asturiano.

En 1865 asistió a los hechos de la Noche de San Daniel, que le impresionan vivamente:

Presencié, confundido con la turba estudiantil, el escandaloso motín de la noche de San Daniel —10 de abril del 65—, y en la Puerta del Sol me alcanzaron algunos linternazos de la Guardia Veterana, y en el año siguiente, el 22 de junio, memorable por la sublevación de los sargentos en el cuartel de San Gil, desde la casa de huéspedes, calle del Olivo, en que yo moraba con otros amigos, pude apreciar los tremendos lances de aquella luctuosa jornada. Los cañonazos atronaban el aire... Madrid era un inferno.

B. Pérez Galdós, Memorias de un desmemoriado, cap. II.


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Benito Pérez Galdós, fotografiado por Christian Franzen.

Pérez Galdós era un asiduo de los teatros y le impresionó especialmente Venganza catalana de Antonio García Gutiérrez. Ese mismo año empezó a escribir como redactor meritorio en los periódicos La Nación y El Debate, así como en la Revista del Movimiento Intelectual de Europa. Al año siguiente y en calidad de periodista, asiste al pronunciamiento de los sargentos del Cuartel de San Gil. Llevaba una vida cómoda, albergado primero por dos de sus hermanas y luego en casa de su sobrino, José Hurtado de Mendoza. Según nos lo pinta Ramón Pérez de Ayala y las fotografías confirman, era un descuidado en el vestir y se conformaba siempre con ir de tonos sombríos para pasar desapercibido. En invierno llevaba enrollada al cuello una bufanda de lana blanca, con un cabo colgando del pecho y otro a la espalda, un puro a medio fumar en la mano y, cuando estaba sentado, a los pies su perro alsaciano. Se cortaba el pelo al rape y padecía horribles migrañas.


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Benito Pérez Galdós escribiendo su novela Zumalacárregui. Fotografía de Manuel Compañy.

Era proverbial su timidez, que le hacía ser más que parco en palabras y su aspecto manifestaba una modestia inverosímil, hasta el punto de sufrir al hablar en público. Entre sus dotes estaba el poseer una memoria visual portentosa y una retentiva increíble que le permitía recordar capítulos enteros del Quijote y detalles minúsculos de paisajes vistos solamente una vez veinticinco años antes. De ello nacía también su gran facilidad para el dibujo. Todas estas cualidades desarrollaron en él una de las facultades más importantes en un novelista, el poder de observación.


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Galdós y uno de sus perros en la finca de San Quintín (Cantabria), recibiendo la visita de los empresarios, directores y actores teatrales María Guerrero y Fernando Díaz de Mendoza, en la primera década del siglo XX.

En 1867 hizo su primer viaje al extranjero, como corresponsal en París, para dar cuenta de la Exposición Universal. Volvió con las obras de Balzac y de Dickens y tradujo de éste, a partir de una traducción francesa, su obra más cervantina, Los papeles póstumos del Club Pickwick. Toda esta actividad supone su inasistencia a las clases de Derecho y le borran definitivamente de la matrícula en 1868. En ese mismo año, se produce la llamada revolución de 1868, en que cae la reina Isabel II. Cuando regresaba de su segundo viaje a París, y cuando volvía de Francia a Canarias en barco, vía Barcelona, y en la escala que el navío hizo en Alicante, se baja del vapor en la capital alicantina y marcha a Madrid a tiempo de ver la entrada del general Serrano y la de Prim. El año siguiente se encarga de hacer crónicas periodísticas sobre la elaboración de la nueva Constitución.


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Benito Pérez Galdós en la finca familiar "Los Lirios" (Monte Lentiscal, Gran Canaria), en 1890.


Primeras obras

En 1870 Pérez Galdós publicó su primera novela, La Fontana de Oro, escrita entre 1867 y 1868, en parte durante uno de sus viajes a Francia, gracias al dinero de su tía. En realidad, en esa época la publicación de un libro se hacía gracias a la ayuda de los periódicos y de las revistas o corría a cuenta del autor. Esta obra, con los defectos de toda obra primeriza, bosqueja la situación ideológica de España durante el Trienio Constitucional (1820–1823).

La Sombra fue publicada en noviembre de 1870 por entregas en La Revista de España. A pesar de que fue editada posteriormente a la La fontana de oro los críticos ponen de relieve la posibilidad de que fuera redactada uno o dos años antes.



Episodios nacionales


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En 1873 Benito Pérez Galdós comenzó a publicar la que se puede considerar su obra cumbre, los Episodios nacionales (el título se lo sugirió su amigo José Luis Albareda), donde se refleja la vida íntima de los españoles del siglo XIX y su contacto con los hechos de la historia nacional que marcaron el destino colectivo del país. Se trata de 46 episodios en cinco series de diez novelas cada una, salvo la última, que quedó inconclusa. Arrancan con la batalla de Trafalgar y concluyen con la Restauración borbónica en España.


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Portada de la edición de Hernando en 1935 del primero de los Episodios Nacionales: Trafalgar.

La primera serie (1873–1875) trata de la Guerra de la Independencia (1808–1814) y tiene por protagonista a Gabriel Araceli, «que se dio a conocer como pillete de playa y terminó su existencia histórica como caballeroso y valiente oficial del ejército español» (Memorias de un desmemoriado, p. 202).

La segunda serie (1875–1879) trata de las luchas entre absolutistas y liberales hasta la muerte de Fernando VII en 1833. Su protagonista es el liberal Salvador Monsalud, que encarna, en gran parte, las ideas de Galdós y en quien «prevalece sobre lo heroico lo político, signo característico de aquellos turbados tiempos» (íd.).

Tras un paréntesis de veinte años vuelve a escribir la tercera serie (1898–1900), tras recuperar los derechos sobre sus obras que detentaba su editor, con el que había pleiteado interminablemente. Esta serie cubre la Primera Guerra Carlista.

La cuarta serie (1902–1907) se desarrolla entre la Revolución de 1848 y la caída de Isabel II en 1868. La quinta (1907–1912), incompleta, acaba con la Restauración de Alfonso XII.

Este conjunto novelístico constituye una de las obras más importantes de la literatura española de todos los tiempos y ejerció un influjo considerable en la trayectoria de la novela histórica española. El punto de vista adoptado es vario y multiforme, y se inicia con la perspectiva de un joven chico que se ve envuelto en los hechos más importantes de su época mientras lucha por su amada. La evolución ideológica de Galdós es perceptible desde el aliento épico de la primera serie hasta el amargo escepticismo final, pasando por la radicalización política y agresividad socialista-anarquista de las series tercera y cuarta.


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Benito Pérez Galdós visto por Ramon Casas (Museo Nacional de Arte de Cataluña).


Madurez

En 1876 se publicó Doña Perfecta, una novela contra la intolerancia ideológica asentada en una imaginaria ciudad mesetaria, Orbajosa, semejante a la Ficóbriga de Gloria. Pese a las oposiciones que suscitó la obra entre los neos, o neocatólicos, Galdós fue elegido miembro de la Real Academia Española en 1889.

Podría decirse que la sociedad llega a un punto de su camino en que se ve rodeada de ingentes rocas que le cierran el paso. Diversas grietas se abren en la dura y pavorosa peña, indicándonos senderos o salidas que tal vez nos conduzcan a regiones despejadas(...). Contábamos, sin duda, los incansables viajeros con que una voz sobrenatural nos dijera desde lo alto: por aquí se va, y nada más que por aquí. Pero la voz sobrenatural no hiere aún nuestros oídos y los más sabios de entre nosotros se enredan en interminables controversias sobre cuál pueda o deba ser la hendidura o pasadizo por el cual podremos salir de este hoyo pantanoso en que nos revolvemos y asfixiamos. Algunos, que intrépidos se lanzan por tal o cual angostura, vuelven con las manos en la cabeza, diciendo que no han visto más que tinieblas y enmarañadas zarzas que estorban el paso; otros quieren abrirlo a pico, con paciente labor, o quebrantar la piedra con la acción física de substancias destructoras; y todos, en fin, nos lamentamos, con discorde vocerío, de haber venido a parar a este recodo, del cual no vemos manera de salir, aunque la habrá seguramente, porque allí hemos de quedarnos hasta el fin de los siglos

Fragmento del discurso leído por Pérez Galdós ante la Real Academia Española


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El segundo Galdós de Victorio Macho (1922) erosionado por el viento atlántico.

Galdós asistía con regularidad al viejo Ateneo de la Calle de la Montera y trabó amistad con personajes de ideología nada afín a la suya, pues era hombre poco inclinado a fanatismos ideológicos. Así, se hizo un gran amigo de José María de Pereda, de Antonio Cánovas del Castillo, de Francisco Silvela y de Marcelino Menéndez Pelayo. También frecuentaba las tertulias del Café inglés, de la Iberia y del viejo Café de Levante. Hizo viajes por Francia, Inglaterra e Italia varias veces, pero por su amistad con Pereda se aficionó a Santander, donde tomó la costumbre de veranear en El Sardinero junto a éste y Menéndez Pelayo. Allí se construyó su célebre casa de San Quintín. También gustaba de visitar Toledo, ciudad por la que sentía una gran predilección y a la que hizo escenario de algunas de sus novelas, como Ángel Guerra o Tristana. En 1884 viajó a Portugal en compañía de su amigo Pereda.

Influencias de la amistad le regalaron el acta de diputado por Puerto Rico (1885) y asistió a las cortes en la legislatura del año siguiente sin apenas despegar los labios: el Congreso fue para él un nuevo observatorio desde el que analizar «la sociedad española como materia novelable», que sería el título de su futuro discurso de ingreso en la Real Academia. De 1886 a 1890 se comprometió poco activamente en política, ya que era diputado por el partido de Sagasta.

El 15 de marzo de 1891 la gran actriz María Guerrero estrenó Realidad, con el papel de Augusta. Esa noche la recordó Galdós como «solemne, inolvidable para mí» en sus Memorias. El buen éxito de la obra y la insistencia de Mario y María Guerrero le movió a estrenar al año siguiente La loca de la casa, pero hubo que reducirla porque era muy extensa y cambiar el final, entre otras modificaciones en las cuales se contó con la ayuda de José Echegaray, que asistió a los ensayos. Siguió La de San Quintín, estrenada el 25 de enero de 1893 y el éxito más resonante que hasta entonces obtuvo Galdós en el teatro, durando en cartel cincuenta noches.

Un laudo arbitral de 1897 independizó a Galdós de su primer editor, Miguel Honorio de la Cámara, y se dividió todo en dos partes, de lo que resultó que Galdós, en veinte años de gestión conjunta, había recibido unas 80.000 pesetas más de lo que le correspondía. Después se averiguó que De la Cámara no había sido del todo legal respecto al número y fecha de las ediciones de sus obras, de suerte que a Galdós le quedó en suma un déficit de 100.000 pesetas en ese trato. Sin embargo, quedó en su propiedad el cincuenta por ciento del fondo de sus libros que quedaba en espera de venta, 60.000 ejemplares en total. Para librarse de ellos abrió el escritor una casa editorial con el nombre de "Obras de Pérez Galdós" en la calle Hortaleza (número 132 bajo, hoy 104). Ansioso de recuperar el terreno perdido, comenzó a anunciar sus ediciones de Doña Perfecta y El abuelo. Continuó esta actividad editorial hasta 1904, año en que, cansado, firmó un contrato de edición con la Editorial Hernando.


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Casa de Galdós en San Quintín. Santander



Vida sentimental

La vida sentimental de Galdós no ha sido muy estudiada, en parte por la discreción que le envolvió en tales asuntos y de la que hizo gala incluso en sus estudiadamente anodinas Memorias de un desmemoriado, que parecen escritas casi para desalentar empeños biográficos ulteriores, en forma más bien de diario de viajes. El caso es que permaneció soltero, si bien fue asiduo cliente de amores mercenarios y tuvo una hija natural en 1891 de una madre que se suicidó posteriormente, Lorenza Cobián. También se conoce bien su relación con la actriz Concha Morell y con la novelista Emilia Pardo Bazán.


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Lectura de Benito Pérez Galdós en el salón del doctor Tolosa Latour en 1897.


Últimos años

Durante sus últimos años se consagró fundamentalmente al teatro, para el que entregó 22 piezas, sin contar multitud de obras de juventud que (a excepción de la llamada Un joven de provecho) hoy se han perdido ni Antón Caballero, que no llegó a terminar. Algunas de ellas eran adaptaciones de sus novelas, cuya evolución le iba reclamando además la forma dialogada. En esta época empieza a aparecer el espiritualismo europeo en su obra, cuando Galdós empieza además a sentir un gran interés por la obra de León Tolstoy. También en la última parte de su vida padeció las consecuencias de sus descuidos económicos y su tendencia a endeudarse de forma continua. Según el testimonio de Ramón Pérez de Ayala:

En una ocasión don Gabino Pérez, su editor, le quiso comprar en firme sus derechos literarios de las dos primeras series de los Episodios nacionales por quinientas mil pesetas, una fortuna entonces. Don Benito replicó: «Don Gabino, ¿vendería usted un hijo?». Y, sin embargo, don Benito no sólo no disponía jamás de un cuarto, sino que había contraído deudas enormes. Las flaquezas con el pecado del amor son pesadas gabelas. Pero éste no era el único agujero por donde el diablo le llevaba los caudales, sino, además, su dadivosidad irreflenable, de que luego hablaré. En sus apuros perennes acudía, como tantas otras víctimas, al usurero. Era cliente y vaca lechera de todos los usureros y usureras matritenses, a quienes, como se supone, había estudiado y cabalmente conocía en la propia salsa y medio típico, con todas sus tretas y sórdida voracidad. ¡Qué admirable cáncer social para un novelista! (Léase su Fortunata y Jacinta y la serie de los Torquemadas). Cuando uno de los untuosos y quejumbrosos prestamistas le presentaba a la firma uno de los recibos diabólicos en que una entrega en mano de cinco mil pesetas se convierte, por arte de encantamiento, con carácter de documento ejecutivo o pagaré al plazo de un año, en una deuda imaginaria de cincuenta mil pesetas, don Benito tapaba con la mano izquierda el texto, sin querer leerlo, y firmaba resignadamente. Los intereses de la deuda ficticia así contraídos le llevaban casi todo lo que don Benito debía recibir por liquidaciones mensuales de la venta de sus libros. Muy pocos años antes de la muerte de don Benito, un periodista averiguó por esto su precaria situación económica y la hizo pública, con que se suscitó un movimiento general de vergüenza, simpatía y piedad(...). A principios de mes acudían a casa de don Benito, o bien le acechaban en las acostumbradas calles, atajándole al paso, copiosa y pintoresca colección de pobres gentes, dejadas de la mano de Dios; pertenecían a ambos sexos y las más diversas edades, muchos de ellos de semblante y guisa asaz sospechosos; todos, de vida calamitosa, ya en lo físico, ya en lo moral, personajes cuyas cuitas no dejaba de escuchar evangélicamente(...). Don Benito se llevaba sin cesar la mano izquierda al bolsillo interno de la chaqueta, sacaba esos papelitos mágicos denominados billetes de banco, que para él no tenían valor ninguno sino para ese único fin, y los iba aventando.

Ramón Pérez de Ayala, «Más sobre Galdós», en Divagaciones literarias, Madrid: Biblioteca Nueva, 1958, pp. 162–163.

Ramón Pérez de Ayala (Oviedo, 9 de agosto de 1880 - Madrid, 5 de agosto de 1962) fue un escritor y periodista español. Aunque escribió diferentes libros de poemas y de ensayos, Pérez de Ayala es importante, sobre todo, por su producción narrativa.


Para conocer bien España Pérez Galdós se dedicó a recorrerla en vagones de ferrocarril de tercera clase, codeándose con los míseros y hospedándose en posadas y hostales de mala muerte.

Se levantaba con el sol y escribía regularmente hasta las diez de la mañana a lápiz, porque la pluma le hacía perder el tiempo. Después salía a pasear por Madrid a espiar conversaciones ajenas (de ahí la enorme frescura y variedad de sus diálogos) y a observar detalles para sus novelas. No bebía, pero fumaba sin cesar cigarros de hoja. A primera tarde leía en español, inglés o francés; prefería los clásicos ingleses, castellanos y griegos, en particular Shakespeare, Dickens, Cervantes, Lope de Vega y Eurípides, a los que se conocía al dedillo. En su madurez empezó a frecuentar a León Tolstoy. Después volvía a sus paseatas como no hubiera un concierto, pues adoraba la música y durante mucho tiempo hizo crítica musical. Se acostaba con las gallinas y casi nunca iba al teatro. Cada trimestre acuñaba un volumen de trescientas páginas.

Ingresó en la Real Academia Española en 1889, contestándole Menéndez Pelayo. A los pocos días le correspondió a él contestar al discurso de su gran amigo José María de Pereda. En 1890 y 1891 fue reelegido diputado por Puerto Rico. Habiéndose unido a las fuerzas políticas republicanas, Madrid lo eligió representante en las Cortes de 1907. En 1909 fue jefe, junto a Pablo Iglesias, de la coalición republicano-socialista, pero él, que «no se sentía político» se apartó enseguida de las luchas «por el acta y la farsa» y se dedicó de nuevo a la novela y al teatro.

En 1919 se realizó una escultura suya, reconociendo su éxito en vida. A pesar de su ceguera, pidió ser alzado para palpar la obra y lloró emocionado al comprobar la fidelidad de la escultura. Cargado de laureles, el indiscutido gran novelista español del siglo XIX murió en su casa de la calle Hilarión Eslava de Madrid el 4 de enero de 1920. El día de su entierro, unos 20.000 madrileños acompañaron su ataúd hacia el cementerio de la Almudena (zona antigua, cuartel 2B, manzana 3, letra A).


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Carroza fúnebre por Madrid que conduce al cementerio los restos del escritor Pérez Galdós. Paso de la comitiva por la Puerta del Sol, a su entrada en la calle Alcalá.



OBRAS


De su muy amplia producción literaria podemos citar las siguientes obras:


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En Doña Perfecta se hace el estudio de una ciudad imaginaria, Orbajosa, anclada en una tradición cerril de inmovilismo. Al llegar el ingenuo ingeniero progresista Pepe Rey para casarse con la hija de la mujer que da título al libro, doña Perfecta, comienza una serie de intrigas en que crecientemente se empieza a desacreditar al ingeniero por parte del sector reaccionario y el clero de la ciudad. La obra termina trágicamente.


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En Marianela, Galdós construye una sólida narración en torno al pobre personaje huérfano que le da título, deforme y enamorada del joven burgués ciego al que sirve de lazarillo y al que la ciencia le hace recobrar la vista, en el ambiente de un pueblo minero. El final de la obra es trágico.


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Fortunata y Jacinta, novela realista cuyo eje argumental es el enamoramiento de dos mujeres de diferentes clases sociales de un mismo hombre: Juan Santa Cruz, prototipo del hijo de familia acomodada. Jacinta, mujer de alta condición social, estéril, acaba casándose con Santa Cruz y adoptando al hijo que su marido ha tenido con Fortunata, de baja condición. Uno de los personajes secundarios de esta novela, el usurero Torquemada, protagonizó otras cuatro obras (Torquemada en la hoguera, Torquemada en la cruz, Torquemada en el purgatorio, Torquemada y San Pedro).

Cabría agrupar varias novelas unidas por la problemática religiosa. Si en Doña Perfecta Galdós se muestra anticlerical al modo de entonces y refleja un impactante panorama de la hostilidad provinciana conservadora a un recién venido de ideas modernas, en cambio, en Ángel Guerra y, sobre todo, en Nazarín, se advierte que no hay en él irreligiosidad, sino al contrario, un profundo sentir cristiano, disconforme con los compromisos temporales y sociales de los hombres de la Iglesia.


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También hay que destacar Miau, que es la pequeña epopeya del cesante, del funcionario de Hacienda que, dejado en la calle por un cambio ministerial, se alimenta de la esperanza, mientras detrás de él su inconsciente familia trata de mantener las apariencias de la «gente bien». Por otro lado, Misericordia nos sumerge en los estratos más bajos del Madrid de entonces, en contraste con la gente acomodada pero venida a menos. En ella encontramos una espléndida pareja de figuras: el moro ciego Almudena y la criada Benina, que representa la exaltación de la caridad. Otras novelas suyas son Tormento, relato del conflicto entre la imaginación y la realidad, entre la libertad de elegir el propio destino y las resistencias del ambiente a permitirlo y finalmente La desheredada.


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Galdós ensayó también el teatro, insistiendo a veces en temas ya tocados en sus novelas, como El abuelo. En su momento algunas de sus composiciones teatrales fueron muy celebradas.


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Escultura de Benito Pérez Galdós. Obra de Teo Mesa. 2000. Parque de el Doramas (Trasera del Museo Nestor, junto al Pueblo Canario). Las Palmas de Gran Canaria



Fórmulas narrativas

Galdós empezó cultivando una novela de tesis en que los personajes aparecían cortados por un patrón maniqueo, que los dividía entre reaccionarios y liberales. Después empezó a interesarse por los aspectos más costumbristas y por facetas más espirituales e intentó describir la burguesía española de su época y buscar sus orígenes en la historia reciente, mediante el uso de la novela histórica. También ensayó otras fórmulas narrativas, como la novela dialogada.




Escultura de Benito Pérez Galdós. Plaza de la Feria, en Las Palmas de Gran Canaria



Estilo

Galdós poseía una especial sensibilidad por el lenguaje popular; Baroja decía de él que «sabía hacer hablar» al pueblo. Consciente de esta gran virtud, suele utilizar muy a menudo el diálogo e incluso llega a ensayar novelas absolutamente dialogadas.

Su estilo busca la naturalidad y rehúye cualquier artificio retórico a fin de ofrecer, según postulados estéticos realistas, la visión más directa posible de lo que pretende expresar. Cuando narra su estilo es transparente, académico, pero siempre castizo; se trasluce sin embargo el humor y la ironía. En los diálogos, el lenguaje se impregna frecuentemente de términos corrientes e incluso vulgares y en alguna ocasión el narrador canario, víctima de ese frenesí costumbrista, llega a mostrar un poco ridículos e infantiles a los personajes que describe. Es frecuente en él un humor piadosamente irónico de sesgo cervantino (Galdós fue un gran lector del Quijote).

Galdós fue uno de los más serios candidatos al Premio Nobel de Literatura de 1912, pero una campaña por parte de sus enemigos políticos disuadió a la Academia Sueca de galardonarlo. Trazos de esto se ven en los Episodios nacionales escritos desde entonces, que destilan un cierto tono anticlerical.



Casa Museo de San Quintín




Casa Museo de San Quintín. Sala de lectura




Don Benito sentado en la finca de San Quintín




Casa Museo. Mueble-biblioteca. Salón de San Quintín




Casa Museo San Quintín. Santander. Reproducción del salón-despacho que Pérez Galdós tuvo en “San Quintín”, su residencia veraniega en Santander. Especial mención merecen los muebles destinados a su biblioteca que fueron diseñados por el propio Galdós, dibujante y pintor vocacional, que sorprenden tanto por su originalidad como por su funcionalidad. En sus estanterías podemos encontrar una muestra de su biblioteca personal, con autores que van desde Shakesperare, Cervantes o Lope de Vega a coetáneos suyos como Balzac, Zola, Tolstoi, Pereda, Pardo Bazán, entre otros.




Dormitorio de San Quintín. Santander. Dormitorio de “San Quintín”, residencia santanderina de Galdós. El mobiliario está compuesto por la cama y mesa de noche, un lavabo-palanganero, un mueble para libros, una mecedora y un ropero diseñado por el novelista que está adornado con textos religiosos. Sobre la cama encontramos un grabado con una reproducción del Cristo de Velázquez regalo de su autor Eugenio de Lemus en 1884.

En una vitrina se han reunido testimonios de la relación de Galdós con Santander: un pandero pintado por el escritor con una escena del puerto santanderino así como obras y fotografías dedicadas por los escritores cántabros Marcelino Menéndez Pelayo, José María Pereda y José Estrañi, a los que le unió un gran amistad.




Casa Museo de San Quintín. Maqueta del Monumento a Pérez Galdós realizada por Victorio Macho para el antiguo muelle de la ciudad.



Producción literaria


Novelas españolas contemporáneas

La sombra (1870)
La Fontana de Oro (1870)
El audaz (1871)
Doña Perfecta (1876)
Gloria (1877)
La familia de León Roch (1878)
Marianela (1878)
La desheredada (1881)
El doctor Centeno (1883)
Tormento (1884)
La de Bringas (1884)
El amigo Manso (1882)
Lo prohibido (1884–85)
Fortunata y Jacinta (1886–87)
Celín, Trompiquillos y Theros (1887)
Miau (1888)
La incógnita (1889)
Torquemada en la hoguera (1889)
Realidad (1889)
Ángel Guerra (1890–91)
Tristana (1892)
La loca de la casa (1892)
Torquemada en la cruz (1893)
Torquemada en el purgatorio (1894)
Torquemada y San Pedro (1895)
Nazarín (1895)
Halma (1895)
Misericordia (1897)
El abuelo (1904)
Casandra (1905)
El caballero encantado (1909)
La razón de la sinrazón (1909)




Fortunata y Jacinta, Benito Pérez Galdós, Akal. Sobre el trasfondo de la Primera República, el golpe de Pavía y el inicio de la Restauración, Gadós construye un texto clave de la Literatura europea. Un vasto universo de ficción que se mueve entre esos dos polos que son las mujeres que dan título al relato y los mundos que representan.


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Casa editorial de las obras de Galdós. Fotografía de Christian Franzen.



Episodios nacionales


Teatro

Quien mal hace, bien no espere (1861, perdida)
La expulsión de los moriscos (1865, perdida)
Un joven de provecho (1867?, publicada en 1936)
Realidad (1892)
La loca de la casa (1893)
Gerona (1893)
Las de San Quintín (1894)
Los condenados (1894)
Voluntad (1895)
La fiera (1896)
Doña Perfecta (1896)
Electra (1901)
Alma y vida (1902)
Mariucha (1903)
El abuelo (1904)
Amor y ciencia (1905)
Bárbara (1905)
Zaragoza (1908)
Pedro Minio (1908)
Casandra (1910)
Celia en los infiernos (1913)
Alceste (1914)
Sor Simona (1915)
El tacaño Salomón (1916)
Santa Juana de Castilla (1918)
Antón Caballero (1921, inacabada)




La desheredada. Es un alarde de técnica narrativa. Un drama apabullante, en este caso un drama de personaje: de cómo Isidora Rufete se busca la ruina consciente y tenazmente por su esclavitud a una pasión. Isidora es víctima de su manía de grandeza...


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Galdós en su isla natal, por Pablo Serrano (1969).



Casa natal de Galdós


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La casa natal del escritor es el núcleo central del museo. Galdós vivió hasta los 19 años en esta vivienda familiar ubicada en el barrio de Triana, centro comercial de la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria en aquella época.


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Casa natal de Galdós. Sala Sorolla. Esta sala está presidida por el Retrato de Pérez Galdós que Joaquín Sorolla pintó en 1894.


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La casa natal del escritor, vista de una sala


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Casa natal de Galdós. Habitación donde nació. En esta pequeña habitación, según testimonios familiares, es donde nació don Benito Pérez Galdós el 10 de mayo de 1843. Cobra protagonismo especialmente la cuna que preside la sala, donación de la familia Pérez-Galdós a la Casa-Museo. También encontramos el árbol genealógico de la familia.


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Galdós pintado a sus 51 años de edad por el pintor postimpresionista español Joaquín Sorolla.

Más info: http://portal.grancanaria.com/porta...contenido=18804



Miscelánea

Crónicas de Portugal (1890)
Discurso de ingreso en la Real Academia Española (1897)
Memoranda, artículos y cuentos (1906)
La novela en el tranvía
Política española I (1923)
Política española II (1923)
Arte y crítica (1923)
Fisonomías sociales (1923)
Nuestro teatro (1923)
Cronicón 1883 a 1886 (1924)
Toledo. Su historia y su leyenda (1927)
Viajes y fantasías (1929)
Memorias (1930)




El abuelo. Basada en la novela homónima de Benito Pérez Galdós, esta película de José Luis Garci que le supuso a Fernán Gómez el Premio Goya a la Mejor Interpretación Masculina 1998, sitúa su acción a comienzos del siglo XX, en una pequeña villa del norte de España a la que un viejo conde regresa después de una larga estancia en América. A la muerte de su único hijo, se entera de que una de sus dos nietas es ilegítima. Se siente viejo y quiere saber cuál de las dos niñas pertenece a la estirpe para hacerla su heredera, pero su nuera se niega a revelarle la verdad.




Nazarín. Guión: Lus Buñuel & Julio Alejandro (Novela: Benito Pérez Galdós). Director: Luis Buñuel. 1958. Actores: Francisco Rabal, Marga López, Rita Macedo, Ignacio López Tarso, Ofelia Gulimain, Luis Aceves Castañeda, Noé Murayama, Rosenda Monteros. Sinopsis: En el México de principios del siglo veinte, el humilde cura Nazarín comparte su pobreza con los necesitados que habitan alrededor del mesón de Chanfa. Después de proteger a una prostituta que provoca el incendio del mesón, Nazarín se ve obligado a abandonar el lugar. En su camino, las acciones del religioso provocan una serie de conflictos que se oponen a su visión de la caridad cristiana.




Fortunata y Jacinta. se rodó um película y una serie adaptada por TVE sobre la obra de Pérez Galdós.



Obra inédita

Además de estos escritos, Alberto Ghiraldo publicó en 1923 un compendio de Obras inéditas en nueve volúmenes (Madrid, Renacimiento, 1923). A partir de este texto (volúmenes VI y VII) se publicó en 2003 El crimen de la calle de Fuencarral. El crimen del cura Galeote, editado y prologado por el escritor Rafael Reig en la editorial Lengua de Trapo. El crimen de la calle Fuencarral fue un tema «estrella» en el verano de 1888, iniciando un período de amarillismo en la prensa que alcanzaría su auge hacia el 98, coincidiendo con la Guerra de Cuba. Rafael Reig indica que estos relatos, que se recogieron de cartas enviadas al diario argentino La Prensa, son comparables a la escritura de Dashiell Hammett y colocan a este autor también como referente de un género literario poco frecuentado hasta entonces en la literatura española.


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Escultura de Benito Pérez Galdós. Obra de Ana Luisa Benitez. Parque Don Benito en Chamann. Las Palmas de Gran Canaria.



Enlaces interesantes

Biblioteca de Autor Benito Pérez Galdós en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (incluye una edición digitalizada de sus obras completas). Enlace: http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Galdos/index.shtml

Casa natal de D. Benito en Las Palmas de Gran Canaria. Hoy es un museo que conserva el legado del novelista: manuscritos de sus obras, su biblioteca y archivo, objetos personales, enlace: http://www.casamuseoperezgaldos.com/portal/home.cmpg

El realismo y Benito Pérez Galdós en Spanish Arts. Enlace: http://www.spanisharts.com/books/literature/galdos.htm

Amadeo I, de Benito Pérez Galdós, en formato btm. Enlace: http://www.biblioteca-tercer-mileni...O_I/Portada.htm

Fortunata y Jacinta, entre el realismo y el naturalismo. Enlace: http://www.latinpedia.net/Artes/lit...lismo-ad169.htm
 



Detalle de la imagen del busto monumental de Benito Pérez Galdós, del escultor Erminio Blotta, en el Parque Independencia, Rosario, Argentina. Owner: Rosarinagazo


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Benito Pérez Galdós y su perro en la finca familiar de "Los Lirios" (Monte Lentiscal), durante su visita a Gran Canaria en 1894. Fotografía de la Familia Pérez-Galdós que se expone en la Casa-Museo Pérez Galdós (Las Palmas de Gran Canaria).



Casa de Masdrid




Dormitorio de Madrid. Sala que reproduce el mobiliario del austero dormitorio de la casa de Madrid, situada en la calle Hilarión Eslava, donde murió Galdós. Su distribución reproduce la disposición que tenía el dormitorio original. El mobiliario está compuesto por la cama, sobre cuya cabecera cuelga un crucifijo, un mueble para el aseo, una mecedora y un ropero.

En la pared se expone una de las últimas fotografías realizada a Pérez Galdós en 1919.


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Placa en Hilarión Eslava 7 a la memoria de Benito Pérez Galdós, quien vivió y falleció allí el 4 de Enero de 1920



Monumento a Benito Pérez Galdós en Madrid


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Monumento a Benito Pérez Galdós. Madrid. Uno de los varios monumentos dedicados a Galdós se encuentra en el madrileño parque del Retiro, próximo al paseo del duque de Fernán Núñez o de Coches. Para su realización se abrió, en 1918, una suscripción de carácter popular. Fue obra de un entonces muy joven y ya destacado escultor, Victorio Macho, galdosiano fervoroso. Éste representó al autor de los Episodios nacionales sentado y con las piernas cubiertas con una manta, tal como era frecuente ver al escritor en sus últimos años. El escultor tenía entonces su estudio en la plaza de las Vistillas, que recibirá más tarde el nombre de Gabriel Miró. El escritor y crítico Enrique Díez-Canedo visitó en una ocasión ese estudio y pudo ver allí, ya terminada, la estatua de Galdós, y la describirá después con honda admiración:En el silencio del estudio, la estatua nos da otra lección de majestad; tranquila, homérica de expresión la cabeza augusta; inmóviles, unidas las manos, que ya hicieron su tarea. Un paño cubre las piernas; el traje de hoy, disimulando sus hechuras efímeras detrás de las líneas esenciales, viste para la eternidad la escultura. Si fuese ya de su tamaño, diríamos que el propio Galdós, ciego y mudo, iba siguiendo nuestra charla y aprobándola con su cabeza paternal.


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El monumento se inauguró el día 20 de enero de 1919, en acto que contó con la presencia del propio Galdós, ya ciego por entonces y que quiso que le llevaran junto a su estatua para poder tocarla con sus manos, como si éstas pudiesen ver... Numerosas figuras de las letras españolas y amigos y admiradores, estuvieron en ese acto que supuso un homenaje tan fervoroso como entrañable, y con momentos de intensa emoción y un temblor de despedida en las palabras de ofrecimiento que se dijeron en ocasión tan singular. Al año siguiente, el día 4 de enero, fallecía Galdós, en Madrid. Finalizaba entonces una existencia intensa, rica de sentimientos y pasiones, laboriosa, comprometida con las circunstancias de la España contemporánea. Permanecía una extensísima creación literaria que constituye una de las cimas universales de la novela.


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Este monumento madrileño ha sido lugar de homenajes a la memoria de Galdós, homenajes reiterados a lo largo de muchos años en la fecha aniversario de la muerte del novelista, si bien tan feliz tradición viene sufriendo interrupciones y silencios.


Enlace donde recoge EL PAÍS noticias publicadas de Galdós



Pues esto es todo amigos, espero que os haya gustado este trabajo recopilatorio dedicado a Benito Pérez Galdós, literaro universal y canario sin igual.


Fuentes y agradecimientos: cervantesvirtual, wikipedia, biografiasyvidas, portal.grancanaria, elpais.com, asociacioncanariadeamigosdegaldos, esculturasdegrancanaria, artehistoria, galeon, fotomadrid.com, gk67dm.blogspot.com, flickr.com y otras de Internet.
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
El epistolario de Benito Pérez Galdós, en Internet

La digitalización de la correspondencia personal del escritor permite conocer mejor su figura y su época


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El proyecto, puesto en marcha por el Cabildo de Gran Canaria, permite consultar en la Red la correspondencia personal del autor,conocer mejor su figura y su época y superar mitos y tópicos sobre a su persona

El epistolario de Benito Pérez Galdós, enlace: http://www.lascartasdeperezgaldos.es/

El epistolario de Benito Pérez Galdós está disponible en Internet. El proyecto, puesto en marcha por el Cabildo de Gran Canaria, permite consultar en la Red la correspondencia personal del autor, conocer mejor su figura y su época y superar mitos y tópicos entorno a su persona.

El extenso epistolario en manos de la Casa Museo del escritor, ahora digitalizado, permite bucear en el pensamiento político del escritor; sus afectos o fobias personales; sus relaciones amorosas; su relación con las grandes personalidades de su tiempo, y muchas claves sobre su trabajo como escritor. Destacan las cartas remitidas a los traductores de sus obras para ediciones extranjeras, un extremo que permite comprobar el alto nivel de control del escritor con todas y cada una de las ediciones de su época. El portal incluye su biografía, obra y un cronograma desde su nacimiento en 1843 hasta su muerte en Madrid a los 77 años. Las cartas, disponibles en PDF, también pueden compartirse en varias redes sociales, como Facebook, MySpace, Menéame o Twitter.

La Casa Museo Pérez Galdós cuenta con un total de 8.099 cartas catalogadas escritas o remitidas al escritor grancanario, con un total de más de 2.100 remitentes. En esta primera fase de digitalización se han documentado 2.360 cartas, que suponen el tratamiento y la catalogación de unas 7.100 imágenes. Este epistolario incluye 1.219 cartas remitidas por el propio Benito Pérez Galdós, 78 cartas enviadas por Leopoldo Alas 'Clarín', 46 cartas de Emilia Pardo Bazán, 145 cartas remitidas por José María Pereda, 52 de José Alcalá Galiano y 58 de María Guerrero. También forman parte de esta primera fase 762 misivas que responden a gran cantidad de remitentes y otras que, al contar con firma abreviada o sin firma, no es posible identificar.

A través de este archivo digital se puede comprobar, por ejemplo, que "Galdós fue un adelantado a su tiempo" y que su relación con Canarias era constante, en palabras del presidente del Cabildo, José Miguel Pérez. La publicación de esta documentación desmonta también algunos tópicos, como que el escritor "era un renegado de su tierra", y ayuda a superar la supuesta deuda de Gran Canaria con el autor insular.El presidente ha explicado que todavía existen muchas más cartas de Galdós en manos privadas y ha alentado a sus propietarios a "sacarlas a la luz".

A través de las cartas se conocen detalles de la época que no forman parte de la historia oficial y se descubren facetas personales de su figura, ha explicado la catedrática de Historia, Yolanda Arencibia, que piensa que Galdós habría disculpado la intromisión en su vida privada dado su interés en el conocimiento de la verdad.

"Las cartas de Galdós en la Red" es una de las primeras acciones del proyecto Gran Canaria Cultura Digital, una iniciativa de la Consejería de Cultura y Patrimonio Histórico y Cultural del Cabildo de Gran Canaria, que cuenta con financiación del Ministerio de Industria, Comercio y Turismo a través del Plan Avanza, que ha aportado 1,2 millones de euros. El proyecto ha supuesto una inversión total de 6.000 euros.


EL PAÍS
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Pérez Galdós como guionista de cómic


Rayco Pulido crea un tebeo a partir de ‘Marianela’, novela del escritor sobre un pueblo minero



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Una de las ilustraciones del cómic ‘Marianela’.

La lista de clásicos de la literatura universal llevada al cómic es larga y variada: de la Odisea a Romeo y Julieta y de Moby Dyck hasta El lazarillo de Tormes se han visto convertidos en personajes de historieta en los últimos años. Sin embargo, hasta ahora nadie había tratado de adaptar al lenguaje del cómic la narrativa discursiva de Benito Pérez Galdós y el argumento de su novela Marianela, ambientada en un pueblo minero del norte de España en la segunda mitad del siglo XIX.

Ha tenido que ser un coterráneo del creador de Fortunata y Jacinta, el historietista Rayco Pulido Rodríguez (Telde, Gran Canaria, 1978) el atrevido dispuesto a meterle tinta y pincel a la belleza interior y de la grandeza del espíritu humano con una gran carga simbólica.

Cuenta Pulido que uno de los motivos que le animó a emprender esta aventura de 170 páginas fue darse cuenta, en los tiempos en que trabajó de profesor, de cuánto le costaba a los jóvenes “entrar” en la obra de Galdós. “A muchos, y a mí mismo cuando lo leí en el colegio, ese estilo nos hacía rechazar la lectura pese al indudable valor de las obras”.

“Su estructura y su sencillez favorecen la adaptación, quizás por eso es uno de sus libros que ha sido más traducido a otros lenguajes —opera, cine, telenovelas, incluso seriales radiofónicos—”. La obra, considerada “menor” por los críticos, en su versión teatral fue la que más éxito cosechó de Galdós adaptada por los hermanos Quintero, y que sirvió a la actriz Margarita Xirgu para dar el salto del circuito catalán al panorama escénico nacional, recuerda Pulido.

Marianela, cuyo título en el cómic de Pulido es simplemente Nela, se desarrolla en la estación minera de Socartes (en realidad, el complejo minero santanderino de Reocín) y cuenta la historia de una chica huérfana y poco agraciada físicamente que es la única amiga de Pablo, un joven ciego de posición social acomodada a quien sirve de lazarillo y de quien se enamora. Pablo sólo conoce el mundo a través de los ojos y descripciones de Nela, y cree estar también enamorado de ella, rechazando los desaires de que ella es objeto por las gentes pueblerinas. Pero la llegada de un oftalmólogo famoso, hermano del ingeniero Teodoro Golfín, lo cambia todo y se desencadena el drama al dar esperanzas a Pablo de que podrá recuperar la visión. Una vez con la capacidad de ver, Pablo se enamora de la belleza de la prima de Nela y ella se deja morir al saber que perderá su única razón para vivir.

En la adaptación se elimina al narrador y la tensión se logra con la acción y los diálogos. “El drama de Nela se ve venir, es muy predecible y por eso mismo funciona muy bien”, afirma el autor.

Pulido considera que su versión de Marianela es fiel al original y “ha respetado al máximo” el texto galdosiano, eliminando sólo algunos fragmentos no esenciales que podían distraer al lector. “Pero del contenido no queda nada fuera”. El autor afirma que sólo se ha permitido una licencia final, ya que la obra termina con la visita de unos turistas a Socartes, que al preguntar por su tumba nadie recuerda la historia de la pequeña joven de bello corazón pero de formas raquíticas. “Me dio pena, ella tenía que obtener al menos una victoria final”.


elpais.com




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Admirando a Galdós

El azar de un encargo me forzó a regresar este verano al autor de 'Misericordia'



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Lectura de Benito Pérez Galdós en el salón del doctor Tolosa Latour en 1897.

Uno prepara a conciencia sus lecturas de verano y luego se las cambia sin miramiento el azar. El cambio suele ser para bien. Yo no tenía previsto regresar este verano a Galdós, pero intervino el azar de un encargo, que me forzó a dejar en suspenso otras lecturas más premeditadas, y lo que había empezado siendo una obligación ha terminado por convertirse en una aventura lectora que durará más allá de agosto. Empecé leyendo Misericordia, quizás la última obra maestra en el ciclo de las que él mismo llamó “novelas españolas contemporáneas”. El encargo lo saca a uno del cauce de sus prioridades voluntarias, incluso le fuerza a dejar en suspenso tareas que le importan más aún porque es uno mismo y nadie más quien se las ha impuesto. Pero precisamente en ese salirse de lo elegido y de lo previsto es donde el encargo revela a veces su virtud paradójica: impone un quiebro, un cambio brusco de rumbo, y por lo tanto lo deja a uno a merced de lo inesperado, que es el mejor camino para el descubrimiento.

    Una novela valiosa no entrega desde el principio toda su complejidad y menos aún hace obvios sus mejores matices

Leí Misericordia con más atención y con cuaderno y lápiz porque me había encargado un ensayo largo precisamente sobre esa novela, y cuando llegué a la última página hice lo que debería hacer uno cuando le ha impresionado mucho un libro: regresar al principio y leerlo entero otra vez. Sólo así se aprende de verdad algo sobre cómo el libro está hecho; y se aprende también que no hay primera lectura que no sea distraída, y que una novela valiosa, como un poema o una pieza de música, no entrega desde el principio toda su complejidad y menos aún hace obvios sus mejores matices. En una novela, como en una sinfonía, es bueno ir sabiendo en qué dirección vamos, fijarse en lo que hay de anticipación en ciertos pormenores que la primera vez pasaron inadvertidos o parecieron casuales.

En rigor, la literatura o la música, el arte, son antídotos de este mundo aturdido del usar y tirar, de la avidez entre distraída y neurótica por lo nunca visto, lo inusitado que en el momento mismo de brillar ya está desvaneciéndose en el olvido. Lo valioso de verdad no se agota, ni se queda obsoleto. Tiene la persistencia ecológica de las cosas que duran gastándose y que se vuelven mejores cuanto más se usan; no porque sean refractarias al tiempo, y por lo tanto inertes, o inmóviles, sino porque navegan en el flujo del tiempo, de modo que son a la vez antiguas y contemporáneas, el reverso exacto del consumo, de su despilfarro, de su descuido cínico. Una novela, un poema, una canción, un cuadro, una película, cuando se han disfrutado muchas veces a lo largo de una vida y siguen irradiando belleza y verdad en el transcurso de las generaciones adquieren la nobleza práctica de una calle por la que la gente ha paseado desde hace décadas o siglos, siempre cambiando y siempre idéntica, o de una herramienta que ha ido variando en su uso, tan flexible y tan simple, que puede manejarla para fines diversos manos muy distintas.

(Esto suena a anacronismo. Pero estoy seguro de que se acercan tiempos más austeros y cambios de sensibilidad que volverán anacrónico y hasta inexplicable este sometimiento de ahora a la tontería de la moda, en el sentido más amplio de la palabra, incluyendo en ella las baratijas tecnológicas que están programadas para durar cada vez menos y pasar en unos meses de los escaparates de diseño a los muladares de basura tóxica en los países más pobres del mundo).

    Encontró su veta más fértil conjugando la novedad de Dickens, Balzac, Flaubert y Zola con la tradición de Cervantes y el Lazarillo

Galdós publicó Misericordia en 1897. La novela, que discurre con ese fluir sinuoso que había alcanzado la perfección diez años antes en Fortunata y Jacinta, como un río muy ancho y como el delta de un río, tiene un final brusco, como sobrevenido, que desconcierta menos en la segunda lectura, sin que disminuya un sentimiento de parcial frustración. Por esa época, y ya muy desengañado políticamente, Galdós, en otros tiempos tan saludablemente anticlerical, se había dejado atraer por un cierto misticismo evangélico, quizás contagiado de Tolstói. Un personaje desgarrado y verdadero, Benina, la criada mendiga, pierde de pronto su espléndida terrenalidad para convertirse de manera apresurada en un símbolo.

Pero tal vez lo que hay en las últimas líneas de Misericordia es menos una capitulación que un derrumbe, el desfallecimiento de un novelista que llevaba nada menos que diecisiete años trabajando en un máximo de tensión creadora, inventando y escribiendo, año tras año, una tras otra, novelas de una riqueza y una ambición narrativa que no habían existido en español desde el Quijote y Persiles, y que estaban a la altura de las obras maestras europeas de las que se alimentaban y con las que aspiraban a medirse. En una de ellas, El doctor Centeno, un aspirante infortunado a escritor, Alejandro Miquis, siente que la obra teatral a la que está dispuesto a dedicar su vida es “como un trozo de cielo caído sobre la frente de un hombre”. Hacia 1880, con menos de cuarenta años, Galdós encontró de golpe, en el arranque de La desheredada, un mundo inagotable y entero y una manera completamente nueva de escribir. Las historias desbordarían sus novelas para enredarse y encadenarse a través de ellas. Los personajes circularían de unas a otras como en la Comedia humana de Balzac. La materia narrativa sería la vida misma que sucedía a su alrededor, que hasta entonces había más o menos eludido, no por falta de valor ni de voluntad, sino de herramientas expresivas. Había vuelto su imaginación al pasado anterior a su vida en las primeras series de los Episodios. Había inventado personajes que eran alegorías de sus preocupaciones políticas, y los había situado en espacios abstractos, ciudades de nombres alegóricos que tenían algo de los paisajes planos de la pintura primitiva.

En La desheredada estalló de una vez por todas el mundo de Galdós igual que estalló el mundo de Faulkner en The Sound and the Fury. Y sólo con la de Faulkner se compara su productividad infatigable durante más de quince años. Esas revelaciones suceden una sola vez en la vida de un novelista y se la cambian y se la colonizan para siempre. Madrid fue el territorio de Galdós como París el de Balzac o Londres el de Dickens. Sus ilusiones y sus desengaños progresistas, su escándalo ante la corrupción y la injusticia, su desaliento por las oportunidades desperdiciadas y los errores repetidos en el devenir del país, se entretejen en las vidas de los personajes con una soltura técnica tan consumada como la que no tenemos reparo en admirar en La educación sentimental. Galdós encontró la veta más fértil de su talento conjugando la novedad cosmopolita de Dickens, Balzac, Flaubert y Zola con la tradición de Cervantes y el Lazarillo.

Me acuerdo de Lázaro de Tormes leyendo el arranque de El doctor Centeno, con la tranquilidad golosa de tener entre manos una trilogía que vino después de La desheredada y un poco antes de Fortunata y Jacinta. Pero la lectura me trae también al presente porque en las primeras páginas de esa novela ya hay una queja amarga sobre el estado de la ciencia en España. Galdós es tan contemporáneo nuestro en su ciudadanía como en su literatura.


Antonio Muñoz Molina
elpais.com
31 AGO 2013




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La libertad erótica de Pardo Bazán y Pérez Galdós

Una tarde en un arrebato Doña Emilia perdió «una prenda íntima» en la Castellana. «No tengo defensa ante la moral pero le hemos hecho una manola al mundo necio que prohibe estas cosas», escribe



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Según Carmen Bravo-Villasante, su biógrafa, toda la vida de la Pardo Bazán supuso un gran esfuerzo pedagógico. Con ingenuidad, y pedantería -una mezcla típica suya- escribió su programa vital, de jovencilla, en un cuaderno: «To study, to work, to think [estudiar, trabajar y pensar]». Pero también hizo otras muchas cosas, menos santas...

En su tiempo, ninguna mujer española tuvo tanto prestigio e influencia. La aristocracia (heredó de su padre el título de condesa) y la buena situación económica le permitieron disfrutar de una libertad muy rara, en nuestro país, para una mujer. Había nacido en 1851. Según contaba ella, a los 17 años vivió «tres acontecimientos importantes: me vestí de largo, me casé y estalló la revolución del 68». Tuvo hijos pero su vida conyugal no fue feliz. Su marido, José Quiroga, no la entendía: acabaron separados, de hecho. Para lograr la separación, ante la Iglesia, él la acusó de «naturalista», como si eso fuera un terrible pecado... De hecho, ella difundió [no propugnó] esta nueva tendencia literaria -que había conocido de primera mano, en París, junto al propio Zola- en su novela «Un viaje de novios» y sus conferencias «La cuestión palpitante» (1882). Al separarse del marido, vivió una etapa literaria más fecunda.

Amante de Blasco Ibáñez

Emilia era mujer decidida, enérgica, inteligente, trabajadora; para muchos, una señora «de armas tomar»: además de Galdós, tuvo amores con Blasco Ibáñez, Lázaro Galdeano... En 1890, fundó la revista «Nuevo Teatro Crítico», que duró tres años: cien páginas mensuales, escritas íntegramente por ella. Fracasó en sus intentos de ingresar en la Real Academia Española. En los últimos años de su vida, se hizo «radical feminista» (así lo declara al Caballero Audaz): dirigió una colección de libros, la «Biblioteca de la Mujer» que publicó a María de Zayas, sor María de Ágreda, Luis Vives, Stuart Mill...

Para un escritor, es fantástica la anécdota de su aventura sentimental con Blasco Ibáñez, el novelista más popular, entonces: todo concluyó cuando Blasco denunció que la Pardo Bazán le había robado el argumento de un cuento, que él pensaba escribir y le había contado a ella -en un momento de gran intimidad, se supone-.

Muchos escritores la vieron con poca simpatía. Según Pereda, «padece la comezón de meterse en todo, de entender de todo y de fallar de todo...». Cuando hizo su campaña para ingresar en la Academia, el irónico don Juan Valera publicó un folleto, firmado por «Filogino [el amigo de las mujeres]», en el que presentaba como impedimentos, para entrar en la docta Casa, el embarazo y la lactancia... Clarín la calificó con más dureza: «la inevitable». Respondía a los ataques de ella: «Cuando se muera, habrá fiesta nacional».

Baroja la vio con gran antipatía: «No me interesó nunca como mujer ni como escritora. Como mujer, es de una obesidad desagradable; en su conversación, es un poco ansiosa y trepadora». Y el gran José Pla: «Una señora de gran vitalidad, de espléndida verbosidad, amplia, monumental, ligeramente estrábica, masculina». ¿Qué había, en todo ello, de envidia por el éxito y el dinero o de machismo? Decídalo el lector.

La personalidad de Benito Pérez Galdós, el mayor novelista español después de Cervantes, era totalmente opuesta: un hombre solitario, tímido, mujeriego. En las tertulias y en el Parlamento, hablaba muy poco: escuchaba mucho, eso sí. Como una esponja, absorbía todos los aspectos de la realidad, para expresarlos, luego, en sus novelas: es el mejor historiador de la vida cotidiana española, en el XIX. También es un extraordinario «novelista moderno» (Ricardo Gullón) que supera los límites del realismo. Marañón, que lo adoraba, nos transmite su frase favorita, casi su muletilla: «¡Cuánto misterio!...» No se casó pero tuvo relaciones estables con varias mujeres: Concha-Ruth Morell, Lorenza Cobián, Teodosia Gandarias...

Doña Emilia comenzó por la admiración y fue derivando hacia la pasión. La podemos seguir por sus cartas (93, de ella; una sola, de él) que publicaron, primero, Carmen Bravo Villasante y, el año pasado, Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández. Su amor culminó en los años 1888-1889. Los dos estaban entonces en plenitud: ella tenía 37 años, acababa de publicar sus mejores novelas, «Los pazos de Ulloa» y «La madre Naturaleza». Él, ocho años mayor, había editado nada menos que «Fortunata y Jacinta». Ella estaba separada; él, soltero.

La evolución de los sentimientos de ella puede seguirse por los encabezamientos de las cartas: a «Ilustre maestro» y «Amigo del alma» siguen «Mi siempre amado», «Mi almita». La pasión impregna el lenguaje epistolar: ella le llama «miquiño mío», «monín», «pánfilo de mi corazón», «chiquito mío», «roedor mío», «camaraíta», «bobito»... Y, a sí misma, «tu rata», «doña Opas», «tu peinetita», «una buitra»...

«Nos acostaremos siempre»

Emilia proclama ardientemente su amor: «Te aplastaré... Te morderé un carrillito, o tu hocico ilustre... Te como un pedazo de mejilla y una guía del bigote... Te daré a besar mi escultural geta gallega... Búscame casita, niño... Te beso un millón de veces el pelo, los ojos, la boca y el pescuezo».

Se veían, a escondidas, en Madrid: en la calle de la Palma (la llama, en broma, «Palmstrasse»), junto a la iglesia de las Maravillas («Maravillas Church»). El episodio más pintoresco es el de un paseo nocturno, en coche de caballos, que concluyó con un arrebato de pasión: «Me río con el episodio de aquella prenda íntima. ¿Qué habrá dicho el guarda de la Castellana al recogerla?».

Ella se declaraba más fuerte y apasionada que él: «Siempre me he reprimido algo contigo por miedo a causarte daño físico, a alterar tu querida salud... El quererme a mí tiene todos los inconvenientes y las emociones de casarse con un marino o un militar en tiempos de guerra. Siempre doy sustos». Proclamaba con orgullo su libertad erótica: «Sí, yo me acuesto contigo, y me acostaré siempre, y, si es para algo execrable, bien, muy bien, sabe a gloria, y si no, también muy bien...... Ante la moral oficial, no tengo defensa, pero tú y yo se me figura que vamos un poco para nihilistas en eso. Le hemos hecho la mamola al mundo necio, que prohibe estas cosas».

Emilia se sentía orgullosa de hacerle feliz: «En un minuto te puedo dar más bienes y alegrías que nadie. ¿Qué, no has sido feliz estas últimas tardes?... Zola tiene miedo a la muerte. Si hubiera vivido una semana lo que yo... y lo que tú, no le tendría miedo alguno». A él le tocaba disimular: «desempeñas tan bien ese negociado maquiavelístiquidisimuliforme». Emilia era clara y directa: «Te daré lo que creas necesitas de mí... y a cambio no exigiré nada. ¿Conviene el trato?». Con igual claridad, «con brutal franqueza», le confesó ella su aventura con Lázaro Galdeano: «Un error momentáneo de los sentidos».

En boca de Fortunata

En la siguiente cita, ella lo esperó en vano: «Lo merezco todo. Y, sin embargo, te quiero, te quiero, te quiero». Y se seguía preocupando por su salud: «Miquiño, haz por dormir y no fumes mucho». Vivieron, los dos, una hermosa historia de amor, parecida a la de tantas parejas. Pero eran escritores. En las cartas de «Tristana», disfrutamos saboreando el pintoresco lenguaje de los enamorados: «Miquina, ¿la jacemos? Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música». Es lo mismo que le escribía a Benito Pérez Galdós la apasionada Emilia Pardo Bazán. Y lo que él puso en boca de Fortunata: «Porque yo, a quien me quiere como dos, le quiero como catorce». Nada menos...


abc.es / Andrés Amorós / 21/06/2014
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
El Galdós de Cánovas Sánchez

El historiador cuenta, sin épica y con claridad, lo esencial de un autor que se apoderó del XIX



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Retrato de Benito Pérez-Galdós, en torno a 1890. Hulton Archive / Getty Images

Escribir una biografía de don Benito Pérez Galdós es tarea simple si se ciñera a su vida personal e íntima. Como de esa no se conoce nada o casi nada, se terminaría pronto. Sus memorias, que tituló Memorias de un desmemoriado, son un poco decepcionantes. En realidad lo que se percibe al leerlas es que no tenía ninguna gana de escribirlas (en realidad las dictó, sitiado ya por la ceguera). Ahora, si esa biografía se hace a la luz de su obra, persiguiendo los destellos autobiográficos de que están llenos sus novelas y sus episodios, entonces hay que olvidarse de todo durante unos años, porque la obra de Galdós, monumental, requiere un empeño tan sostenido para leerla como el que puso él en escribirla. “El trabajo es mi encanto”, confesó en una carta. El nuestro ha sido leerle sin desmayo desde La Fontana de Oro, su primera novela, hasta La razón de la sinrazón, la última.

Dígase de entrada: Galdós es, no después de Cervantes, sino a la par con él, el gran escritor español. Mejor, que lo diga Clarín: “Y a los pocos meses era yo, sin más recomendaciones que estas lecturas [de los prodigiosos episodios], el primer admirador de aquel ingenio tan original, rico, prudente, variado y robusto que prometía lo que empezó a cumplir muy pronto: una restauración de la novela popular, levantada a pulso por un solo hombre”. Y volvió a escribirlo Clarín poco antes de morir en 1901: “Cada día se parece más Galdós a Cervantes por dentro”. Nótese ese por dentro: parecerse por fuera lo hace cualquiera.

  La biografía sitúa en un marco histórico lo poco que Galdós contó de sí mismo y lo mucho que contaron por él sus personajes

¿Cómo es la biografía de Cánovas Sánchez? ¿Cuenta cosas nuevas, es amena, tiene interés? Cuenta lo que se sabe y más, incluso para los familiarizados con Galdós, y no cuenta lo que nadie puede contar, porque nadie lo sabe. Sí, es amena también y tiene un gran interés (como el capítulo dedicado a la visita que hace Galdós a Isabel II, en el exilio parisiense de esta).

Cánovas es un historiador especializado en siglo XIX, y ha escrito un libro de historia sencillo. Contar ese siglo no es una tarea fácil, demasiados generales y demasiados políticos jugando al eterno y pueril juego de las cuatro esquinas. En ese marco histórico Cánovas va poniendo lo poco que Galdós contó de sí mismo en sus memorias y lo mucho que contaron por él sus personajes y lo esencial de lo que los especialistas más importantes han dicho de unos y otros.

La biografía de don Pedro Ortiz-Armengol, simpática figura a un tiempo pickwickeana y galdosiana (se compró “la casa donde vivió Fortunata”, en la Cava de San Miguel, por la fantasía de enseñarla a sus alumnos de la Escuela Diplomática), era tan bienintencionada como abrumadora: vertió en ella cuanto se sabía de Galdós, pero al final Galdós no acababa de aparecer por ninguna parte. Cánovas es más práctico, prescinde de mucho para que el lector se quede con lo esencial, primero de la época y luego del novelista y de sus obras. ¿Esquemático a veces? Tal vez, pero uno lo agradece, porque nunca resulta ocioso ni banal como lo cuenta.

Los historiadores, como saben tanto de la materia que tratan, se suelen liar un poco, y en el camino se les enredan sin quererlo la sintaxis y las oraciones subordinadas. Cánovas va directo a los hechos, que expone sin épica, sin embolismo. En cierto modo los libros de historia tendrían que parecérsele un poco a este y contar la suya siguiendo las peripecias de un personaje como Galdós, que es a la historia del siglo XIX lo que el sabor a limón o fresa en ciertos tónicos: Galdós lo tiñe todo y ha acabado apoderándose del siglo XIX por entero. No hay asunto económico, religioso, social, histórico, militar, político de ese periodo ante el que los historiadores modernos no se pregunten: “¿Y de esto Galdós qué dijo, qué pensaba?”.


El Galdós de Cánovas Sánchez


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Cánovas no se deja ninguno de esos asuntos en el tintero, sale más o menos completo el repertorio: sus compromisos republicanos, sus combates a la roña católica y a la peste caciquil, su amor al arte y a la música, su relación con Santander, su amistad con Pereda y Clarín, con los jefes políticos, incluso su amor por las mujeres… Bueno, de este asunto, crucial en su vida y en la mayor parte de sus fascinantes novelas, Cánovas dice bien poco, porque ese es todo un tremedal. De hecho creo que las mujeres fueron lo único que de veras le interesó, en su vida y en su literatura: “Galdós”, dice María Zambrano, “es el primer español que introduce a todo riesgo las mujeres en su mundo. Las mujeres, múltiples y diversas; las mujeres, reales y distintas, ‘ontológicamente’ iguales al varón. Y esta es la novedad, esa es la deslumbradora conquista”. La verdad es que no fue el primero; el primero fue Cervantes, con su Marcela; pero tampoco eso es para afirmar que Cervantes sea más que Galdós: “Los dos, Cervantes y Galdós”, diría Azorín, “el antiguo y el moderno, han transitado los caminos de España; los dos han convivido con los populares; los dos influyen al lector sosiego y confianza; los dos escriben sencillo”. Y todo ello es lo que ha hecho de Galdós algo en verdad irrepetible, con su mundo caudaloso y natural, sereno y profundo, sacado del más inagotable de los pozos artesianos, la realidad, la sagrada realidad. Así lo evoca esta nueva biografía.


elpais.com
Andres Trapiello
2 NOV 2019
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
El Madrid de Benito Pérez Galdós

El autor de 'Fortunata y Jacinta' ambientó muchas de sus novelas en la capital de España, convertida desde entonces en una 'ciudad de autor'. Este es un paseo por las huellas galdosianas de la ciudad



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La Puerta del Sol es uno de los lugares más frecuentados y mencionados por Galdós en sus novelas. En estos momentos es la zona más transitada de la ciudad. En la foto, una mujer entre las cabinas de teléfono de la Puerta del Sol.


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Imagen del portal donde se ubicaba la primera pensión de Pérez Galdós en Madrid, cuando llegó con 19 años, situado en la calle las Fuentes. Actualmente es un portal de un edificio con viviendas, y en la fachada hay una placa que recuerda el paso de GAldós por el lugar.


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Biblioteca del Ateneo de Madrid, lugar que frecuentó Pérez Galdós. La biblioteca conserva un inmenso archivo de fichas catalográficas utilizadas por los usuarios del centro para sacar algún libro. En la foto, una ficha de 1944 para una antalogía de Benito Pérez Galdós.


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Biblioteca del Ateneo, lugar que frecuentó durante toda su vida en Madrid Benito Pérez Galdós. En la foto, vista de la sala principal de la biblioteca del Ateneo, a la que denominan la “pecera”.


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En la calle de Fomento, que empieza en la cuesta de Santo Domingo, se encontraba la sede del diario el Debate, en el que Galdós trabajó. En la foto, unos skaters pasan por el punto exacto, el número 15 de la calle, donde se encontraba el periódico. Una placa en la fachada lo recuerda.


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En la imagen, fachada del número 49 de la calle San Bernardo en Madrid, donde se encontraba la Universidad Central de Madrid en la cual Benito Pérez Galdós estudió. Actualmente pertenece a la Universidad Complutense de Madrid y es una escuela de relaciones laborales.


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La Chocolatería de San Ginés, situada en el pasadizo de San Ginés, una callejuela al lado de la calle Arenal, es un emblema del Madrid finales del siglo XIX y principios del XX. Pérez Galdós alude por ejemplo al Arco de San Ginés en la segunda serie de los Episodios Nacionales (1875-1879) En la foto, un hombre sin techo recoge sus cosas después de haberse refugiado en este pasadizo durante la madrugada, frente a la fachada de la chocolatería donde aparece pintado Benito Pérez Galdós.


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Real Academia Española, de la que Pérez Galdós es miembros desde que tomó posesión el 7 de febrero de 1897, en la silla N. En la foto, el hall de la entrada del edificio, con una estatua de Francisco de Quevedo al fondo.


elpais.com / David Expósito / 2 NOV 2019
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Galdós renueva su valor

En 2020 se cumplen cien años de la muerte del mayor novelista español después de Cervantes. Una exposición y una biografía se adelantan a las conmemoraciones del narrador y dramaturgo



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Pronto hará 100 años. En la madrugada del 4 de enero de 1920 Benito Pérez Galdós moría en su casa de la calle de Hilarión Eslava de Madrid. Tenía 76 años y estaba casi ciego, obligado a dictar sus últimas obras. A su lado tenía a María, su única hija, para la que siempre fue un padre soltero. Pese a la ausencia de la España oficial —“fría, seca, protocolaria”, escribió Ortega y Gasset—, a su entierro acudieron 30.000 personas. En julio de ese mismo año Valle-Inclán comenzó a publicar por entregas Luces de bohemia, que inauguraba un nuevo género teatral: el esperpento. En una de sus escenas el personaje Dorio de Gádex, “epígono del parnaso modernista”, dice que ha quedado vacante en la RAE la silla de “don Benito el garbancero”. Pocas etiquetas han tenido tanta fortuna en la historia de la literatura española.

En el fondo, Galdós había llegado a regañadientes a esa silla (la H). Su candidatura fue torpedeada por el ala conservadora de la Academia, encabezada por Antonio Cánovas del Castillo, hasta que se impuso el criterio de Marcelino Menéndez Pelayo y José María Pereda, amigos del novelista. El electo tardó luego siete años en leer uno de los discursos más breves en la historia de la Docta Casa, un puñado de folios titulados La sociedad presente como materia novelable, redactado con una desgana solo comparable a la que su autor puso en sus Memorias de un desmemoriado.

“La animadversión de Benet hacia Galdós es una herencia de Baroja”, sostiene Germán Gullón

En aquella sesión de 1897 se pudo, sin embargo, asistir a una de las lecturas más penetrantes de la obra de un narrador siempre leído pero no siempre aceptado por sus colegas. Esa lectura es la larga réplica —mucho más que el discurso— que Menéndez Pelayo dio a las palabras del escritor, al que le unía una amistad de dos décadas y, a la vez, una irresoluble discrepancia política. Mientras el crítico santanderino era el epítome de intelectual católico tradicionalista, el novelista canario, heterodoxo y anticlerical, terminaría presidiendo en 1909 la Conjunción Republicano-Socialista que un año más tarde terminaría llevando al Congreso al fundador del PSOE, Pablo Iglesias.

“El señor Galdós no ha venido a traer la paz sino la espada”, dijo Menéndez Pelayo en una alocución en la que habló de Fortunata y Jacinta como “uno de los grandes esfuerzos del ingenio español” de su tiempo antes de señalarle un único defecto: “No presentar la realidad bastante depurada de escoria”. Después de compararlo con Ibsen —por la ruptura de las convenciones escénicas en su teatro y antes de ponerlo a la altura de Balzac por lo oceánico de su producción— destacó el interés de su amigo por “encarnar en sus obras algún pensamiento de reforma social”. ¿Que una producción de miles de páginas contiene caídas? “Hay errores geniales que valen mil veces más que los aciertos vulgares”, dijo. Para añadir: “Su vena es tan caudalosa que no puede menos que bajar turbia a veces; pero con los desperdicios de ese caudal hay para fertilizar muchas tierras estériles”.


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Vídeo 'Las mil caras de Galdós', correspondiente a la exposición 'Benito Pérez Galdós. La verdad humana', en la Biblioteca Nacional. Jesús Caramanzana

Pese a los elogios de la crítica de su tiempo, al perpetuo favor del público y a lo cerca que estuvo de ganar el Premio Nobel —era el gran candidato de 1915, pero quedó desierto—, Galdós fue durante décadas objeto de censura estética e ideológica. Para las vanguardias del arte por el arte y la poesía pura, se convirtió en el paradigma de una escritura sin ambición estética (“Nuestras convicciones teóricas impedían que nos interesara”, escribió Francisco Ayala). Para el franquismo era una gloria incómoda del que se salvaba la palabra “nacional” en sus famosos Episodios. Fueron los exiliados los que volvieron a Galdós sin prejuicios. Si Max Aub lo utilizó como modelo para su serie de El laberinto mágico, Luis Cernuda, cáustico con todo lo español, lo tenía por símbolo de lo poco noble que a su juicio quedaba de España. “Se ha repetido que Galdós no sabe escribir, que no tiene estilo”, anotó en 1954. “Galdós creó para sus personajes un lenguaje que no tiene precedentes en nuestra literatura, ni parece que nadie haya intentado continuarlo o podido continuarlo”.

Ese ambiente de “menosprecio” es el que se encontraron muchos escritores españoles en ejercicio cuando empezaron su carrera. “Yo había leído los Episodios nacionales cuando era adolescente como si se tratara de novelas de aventuras”, cuenta Antonio Muñoz Molina. “Cuando llegué a la universidad me sentí autorizado a despreciar a Galdós sin haberlo leído. Eran los prejuicios de la época, surgidos de repetir lo del garbancero, de las parodias que hacía Julio Cortázar y de las opiniones de Juan Benet. Hasta que un día me decidí a leerlo cansado de que Francisco Umbral escribiera sistemáticamente contra él. Tenía una verdadera obsesión y pensé: ‘A lo mejor lo critica tanto porque es muy bueno’. Entonces descubrí a un escritor muy valioso políticamente, un republicano, que además era un moderno y estaba en permanente diálogo con la novela europea de su tiempo, con Dickens, con Balzac”. ¿Pagó la factura de la popularidad? “Es que es popular porque es claro. Y lo es porque tiene una visión pedagógica y militante de la literatura, más aún en su teatro. Es popular como lo son Cervantes o Charles Chaplin”.

El gran símbolo de los juicios antigaldosianos de finales del siglo XX sigue siendo uno de los autores citados por Muñoz Molina: Juan Benet. Cuando en 1970 Cuadernos para el Diálogo le preparó un homenaje con motivo del 50º aniversario de su muerte, el autor de Volverás a Región, para el que “el culto a Galdós” era “una desgracia nacional”, respondió a Pedro Altares, director de la revista, con una famosa carta abierta en la que criticaba tanto la novela de “levantamiento catastral” como la “imaginación litográfica” del homenajeado. “Mi aprecio por Galdós es muy escaso, solamente comparable —en términos cuantitativos— al desconocimiento que tengo de su obra, a la que en los últimos años me he acercado”, reconocía, “para cerciorarme de su total carencia de interés para mí”.

El crítico Germán Gullón discutió mucho sobre el tema con su amigo Benet. Junto a la novelista Marta Sanz, es el comisario de Benito Pérez Galdós. La verdad humana, la exposición “polifónica” que la Biblioteca Nacional inau­guró el jueves pasado para abrir el centenario de la muerte del escritor. Mientras la recorre, Gullón cuenta que la animadversión de Benet es una opinión heredada de Pío Baroja, al que trató con frecuencia. “Los escritores jóvenes siempre pensaron que Galdós era un dique para su propio éxito”, explica. “Pensemos en 1902, un año clave para Baroja, Azorín y Unamuno, que publican respectivamente Camino de perfección, La voluntad y Amor y pedagogía. Galdós parecía casi amortizado, pero justo renace como autor teatral de éxito, el más importante de su tiempo, por encima de Valle. Un éxito al que contribuyó que colaborasen con él actrices como María Guerrero y Margarita Xirgu”. ¿Y el supuesto estilo rancio del novelista? “Escribía rápido y a veces con cierto descuido que luego corregía, pero ¿rancio? En novelas como El amigo manso y otras se adelanta al flujo de conciencia y al desdoblamiento de los personajes que tanto van a usar luego los novelistas anglosajones, Unamuno o Pirandello”.

Para Marta Sanz, hablar de aquella larga disputa o de la vigencia de Galdós en la narrativa actual es una forma de reactivar el debate sobre el realismo “como estilo literario”, pero también como “impulso de representación de la realidad” sin ceñirse exactamente a los códigos aprendidos de la gran narrativa decimonónica”. Algo que, en su opinión, concierne a autores como Rafael Chirbes, Belén Gopegui, Rafael Reig, Manuel Longares o Isaac Rosa. Para la autora de Farándula, “Galdós es el escritor que incorpora una miríada de voces, crea puntos de vista alterados o inusuales, se preocupa por la verdad y la verosimilitud, lleva a cabo un tratamiento libresco de los géneros autobiográficos e históricos, elabora diálogos que dan cuenta de una lengua viva, reinterpreta el folletín y se caracteriza por un agudo, pero nunca hiriente, sentido del humor”. Todo ello desde un deseo de “ser entendido, comunicar, abrir un cauce de debate” con sus novelas, dramas y artículos de periódico.

“Su obra reactiva el debate sobre el realismo más allá de la novela decimonónica”, dice Marta Sanz

Del cumplimiento de ese deseo da cuenta la buena fortuna editorial de su obra. Una colección como El Libro de Bolsillo de Alianza cuenta con una Biblioteca Galdós de 65 títulos a los que pronto se añadirá otro más, Ángel Guerra. El director de la colección, Javier Setó, no cree que la “querella” en torno a su estilo “haya trascendido de los ámbitos meramente literarios”. Para apuntalar la popularidad del autor, recuerda las adaptaciones al cine de El abuelo por parte de José Luis Garci y de Fortunata y Jacinta a la televisión a cargo de Mario Camus. Sin olvidar las que Luis Buñuel hizo de Nazarín o Tristana.

Almudena Grandes, que lleva nueve años embarcada en una serie titulada Episodios de una guerra interminable, reconoce que lo leía en la universidad pero no se atrevía a decirlo. Hoy los escritores han cambiado y la obra de Galdós sigue hablando en presente. Grandes, por ejemplo, subraya cómo el último episodio nacional —Cánovas— radiografía “la parálisis política española” o cómo los episodios que tratan de las guerras carlistas servirían para explicar muchas cosas sobre el conflicto catalán: “La segunda guerra carlista fue muy catalana. Siempre contra el Gobierno de Madrid, que era la capital de los liberales, algo que parece olvidar mucha gente que no distingue quién era reaccionario y quién liberal en ese momento. Tal vez por eso algunos nacionalistas hablan tanto del siglo XVIII y tan poco del XIX”.

Almudena Grandes reivindica además a exiliados como Buñuel, Max Aub o Luis Cernuda por su labor de puente. “El mejor homenaje que nadie puede hacer jamás a un escritor es”, apunta, “el poema de Cernuda Díptico español”. Sus últimos versos dicen: “La real para ti no es esa España obscena y deprimente / en la que regentea hoy la canalla, / sino esta España viva y siempre noble / que Galdós en sus libros ha creado. / De aquélla nos consuela y cura ésta”.



Cuatro lecturas más allá de ‘Fortunata y Jacinta’



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Dibujo juvenil de Benito Pérez Galdós. Colección familia Pérez Galdós


‘Tormento’.
Por Almudena Grandes

“Leí Tormento con 15 años y me quedé atónita con la historia de un cura que seduce a una huérfana, pero también con un escritor que trataba con ternura a los dos, al cura y a la huérfana. Yo era una niña española nacida en el 60 que iba a un colegio de monjas y no podía creer lo que estaba leyendo. Aunque reconocía los nombres de las calles de Madrid, aquello me parecía ciencia-ficción. Una novela como La de bringas, de la misma trilogía, es más perfecta, Fortunata y Jacinta es la obra maestra del otro gran narrador español de todos los tiempos y los Episodios nacionales han sido importantes en mi obra, pero Tormento siempre será especial: me enganchó a Galdós”.


‘Episodios nacionales’
Por Antonio Muñoz Molina

“Fortunata y Jacinta tiene una amplitud y una profundidad solo al alcance de Tolstói y Balzac, pero los Episodios nacionales son una construcción literaria incomparable: tanto por su valor literario como por su valor histórico. Por su escala, su capacidad de invención y de creación de personajes y por su variedad de matices, comprensible si se piensa que Galdós los fue escribiendo a lo largo de toda su vida. Cada serie se lee como una novela en sí, pero las más logradas me parecen la Segunda —de El equipaje del rey José a Un faccioso más y algunos frailes menos— y la Cuarta —de Las tormentas del 48 a La de los tristes destinos—”.


‘Miau’
Por Marta Sanz

“Entré en Galdós por Miau y me pareció de una modernidad literaria absoluta. Por un lado, las visiones que tiene el niño de la familia me son alucinantes, prefaulknerianas. Por otro, me impresionó por la visión que da el narrador de una sociedad donde es imprescindible fortalecer la musculatura de la clase media. Me pareció una revelación toparme con una novela de la década de los ochenta del siglo XIX que habla de un funcionario cesante para explicar cómo el trabajo es algo que necesitamos para realizarnos como personas y cómo la laboriosidad de algunos países les da una fuerza en la que se sustenta la democracia”.


‘El terror de 1824’
Por Andrés Trapiello

“Pensemos en un libro largo y en otro corto. Fortunata y Jacinta es un prodigio ­—Galdós no está por detrás de Cervantes, sino a su altura—, pero necesitas un mes para embarcarte en su lectura. Hay, sin embargo, una novela corta muy recomendable por lo raro —quizás por encima de Miau y de Misericordia—. Es El terror de 1824, el séptimo volumen de la Segunda Serie de los Episodios. Cuenta el momento revolucionario entre 1820 y 1823 y termina, no hago spoiler, con el ahorcamiento de Riego, el liberal. En esas páginas es donde mejor se ha contado el Madrid de los barrios bajos”.



2020, un año de autor

Benito Pérez Galdós. La verdad humana es el título de la muestra que puede verse en la Biblioteca Nacional de Madrid hasta el 16 de febrero. Comisariada por el crítico Germán Gullón y la novelista Marta Sanz, propone una visión “polifónica” de un escritor que pintaba y tocaba el piano y que fue gran viajero, director de periódico, académico y diputado. La exposición podrá verse luego en Tenerife y Las Palmas, la ciudad en la que nació en 1843. Santander y Madrid, donde murió en 1910 fueron los otros dos escenarios fundamentales de su vida.

El Ayuntamiento de la capital española tiene previsto declararlo este mes hijo adoptivo al tiempo que prepara todo un despliegue de actos para el año que viene con coloquios y conferencias, estrenos teatrales y paseos por los lugares inmortalizados en sus novelas. Instituciones de las que fue socio como el Ateneo y la Real Academia Española también tendrán su particular Año Galdós. Por su parte, la editorial Alianza acaba de lanzar una biografía del escritor firmada por Francisco Cánovas Sánchez y prepara la reedición de la novela Ángel Guerra, publicada en 1891.


elpais.com
Javier Rodríguez Marcos
3 NOV 2019
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Las mujeres fuertes de Galdós

Frágiles, modestas, sensuales, salvajes... las mujeres de las novelas de Galdós ¿fueron unas adelantadas a su tiempo o respondían a los prejuicios de la época?



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Emilia Pardo Bazán

Analizar a las mujeres de las novelas de Galdós desde una perspectiva de género actual, e incluso pretender que la expresión y la valoración del marbete “mujeres fuertes” sea la misma hoy que cuando el escritor canario escribió novelas monumentales como Fortunata y Jacinta, Tormento, Tristana o Misericordia, me parece enrevesada tarea. Como lectora del siglo XXI le estoy pidiendo a la ideología y a los personajes que habitan los textos galdosianos algo que ni siquiera me puedo exigir a mí misma: mi feminismo, hasta mi imparcialidad, son aspiraciones intelectuales, afectivas e interpretativas, llenas de lagunas, porque yo también soy fruto de la educación recibida a lo largo de siglos. Y esa educación tiene una marca que cada mujer y cada hombre, que buscan la igualdad de modo responsable, tratan de identificar, deconstruir, sin renunciar a obras mayúsculas que se han quedado impresas en las arrugas de nuestra frente para lo bueno y lo malo.

En el caso de don Benito, casi siempre la huella fue para lo bueno: pese a ser un hombre de su época, desplegó una sensibilidad singular en sus retratos femeninos. El buen oído y la capacidad de observación, el afán por trazar el fresco de una sociedad plural, ajena a esa estilización que coloca en un segundo plano a los y las de abajo, el impulso democrático que subyace a su revisión de la gran historia y de las historias pequeñas, lo llevan a mirar, con una mezcla de admiración y piedad empática, a Marianela, Fortunata, Amparo o Benina. Y tampoco estoy segura de lo que es hoy y fue entonces una mujer fuerte: la que es capaz de asumir sus vulnerabilidades y regenerarse, la que lucha por su vida a cualquier precio, la que se aferra a su buena o mediana posición caiga quien caiga, la que impone sus ideas, la que se adelanta a lo previsible respecto al deber ser de una mujer y rompe el molde, la que busca prosperar, la que imposta actitudes masculinas o aspira a colonizar espacios vetados como los despachos o el salón de fumar, la que cuida sin acomplejarse… De todas encontramos en la bibliografía galdosiana y es posible que mi acepción actual de la fortaleza de una mujer le deba algo a los personajes femeninos que el autor canario vio, recreó, imaginó, inmortalizó.

    El mundo de Galdós rehúye de los estereotipos y de las dualidades reduccionistas

Las mujeres en las novelas de Galdós son a menudo cuerpo y es su cuerpo el que define parte de su territorio psicológico: su atractivo, su afán por aparentar, su fragilidad, su modestia, su sensualidad, su esterilidad, incluso su deseo de escapar de la carnalidad para decantarse en mujer espiritual o sabia… Las mujeres hoy mismo seguimos siendo cuerpo: el cuerpo del amor, la conyugalidad y el adulterio, el cuerpo de la prole. El del trabajo, la conciliación tramposa y el cansancio. El delicado cuerpo de Jacinta, la mujer burguesa, come pajaritos fritos y no puede quedarse embarazada, frente al cuerpo de la voraz Fortunata que sorbe huevos crudos, se alimenta y es alimento, miga de pan, sangre derramada hasta la exageración. Derroche de vida. Amante canibalizada. El cuerpo femenino del trabajo es el de las criadas mayores –Celedonia, Saturna…– y el de las muchachas venidas a menos como la Amparo de Tormento, y el de su hermana Refugio: ellas viven sobre el filo entre preservar la honradez con un trabajo honrado, muy difícil de conseguir para una mujer de su tiempo, o descarriarse; así, Amparo asiste a una pariente que quiere figurar en la corte –la hermosísima Rosalía Pipaón, casi una madrastra de cuento de hadas, la de Bringas, que da título a otra novela, y que yo ya no puedo imaginarme sin el físico de Concha Velasco–, mientras que Refugio coquetea con la bohemia y lo prostibulario. Sin embargo, Amparo es una construcción novelesca compleja y el mundo de Galdós, tan sensible a las bajadas y subidas en el escalafón social, rehúye de los estereotipos y de las dualidades reduccionistas: tal vez, por eso, el tabú de los amores prohibidos y las relaciones non sanctas con el clero –cuya castidad es una malsana aberración– hacen de Amparo una femme fatale con conciencia, una fatal sin exageraciones: podría arrastrar al hombre a la perdición pero, en último término, es el hombre –otro– el que tiene la última palabra. “Tormento mío, Patíbulo, Inquisición mía…”, le escribe el cura Polo a la pobre Amparo, que se ve obligada a disimular para no quebrar las expectativas de virtud exigidas incluso por los varones de mentalidad más abierta… Hay una obsesión por oficializar el erotismo a través del matrimonio y resulta imposible hacerlo cuando en el pasado de la mujer hay una mácula.


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Fotogramas de ‘Tormento’, de Pedro Olea (1974)

José María Merino, en “Benito Pérez Galdós: La desheredada”, texto publicado en Revista de Libros, analiza el personaje de Isidora Rufete vinculando su psicología y su manera de proceder con “la alegría de una sociedad alucinada por los valores de la riqueza material y del puro relumbrón”. El figurar, el aparentar, el ser alguien, el marcar la diferencia están posiblemente en la base de la creación de Rosalía en La de Bringas, Isidora en La desheredada o “las Miaus” que miran con sus caritas felinas desde el palco del teatro, inmersas en el destello de la farándula y ajenas al drama económico y moral que se vive en su piso de Amaniel: la angustia de don Víctor, el cesante, que deambula por su casa como un tigre viejo y desdentado, ahogado por su sentimiento de inutilidad y por la precariedad de su horizonte…

    Contó lo que vio, y relacionó las miserias morales y económicas de las mujeres con el marco de los prejuicios

Estas mujeres, enceguecidas y alucinadas, son el símbolo de una época, que Galdós retrata como nadie, y que fomenta la proliferación de Evas que muerden la manzana del querer ser lo que no son, del lujo y el boato, lecheritas quiméricas y fantasiosas, de estirpe cervantina, a las que el escritor canario castiga con la compasión que define su mirada: las locas ambiciones desembocan en la pérdida de la respetabilidad de Rosalía Pipaón, decantada en cuerpo que usa como mercancía; algo que también le sucede a Isidora, enajenada y entre rejas. Son mujeres que actúan y en la elección de sus acciones yerran: la lectura en positivo de estos personajes ilumina una sociedad en la que el corsé político y cultural impuesto a las mujeres es estrecho y destructor; una interpretación, menos complaciente, coloca estos personajes femeninos sobre la estrecha línea moral de la invención narrativa de una feminidad, a menudo capitidisminuida y voluble, en la literatura y las artes: el stendhaliano espejo al borde del camino representa lo real, pero a la vez perpetúa construcciones ideológicas sobre las mujeres que vuelven a la realidad convirtiéndose en desventaja para nuestras formas de vivir y para los juicios que suscitan esas formas de vivir.

Las hermanas de Lo prohibido merecen capítulo aparte: Eloísa, una mujer a la que fataliza su carácter emprendedor, el interés por los negocios y el amor por el dinero, una suerte de protofeminista liberal que Galdós no ve con buenos ojos; Camila que en su inocencia cruda, espontaneidad, fertilidad y desparpajo tiene algo de una Fortunata, seductora y salvaje, como antítesis de la mujer social caracterizada por una discreción y dulzura similares a la hipocresía; y María Juana que es lo peor que una fémina puede ser: sabihonda. Aquí don Benito no estuvo muy fino, pero tampoco hizo sangre.


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Fotografía de Dolores Galdós Medina (1800-1887), madre de Benito

La razón de estos desenfoques hay que buscarla en las convenciones, la religión, la moral de la época, pese a que Galdós fuese respecto a ellas crítico y adelantado… Sus relaciones con Emilia Pardo Bazán forman parte del territorio acaso más libre del campo literario decimonónico y ponen de manifiesto no sólo la admiración erótica, sino el respeto intelectual que sintió por la condesa; también Concha Ruth Morel sirvió de modelo para la acracia sentimental de Tristana, que no sabemos si es un personaje admirable, pero se libera de un hombre que es simultáneamente padre y marido: más allá del crecimiento de “Tristanita” y de su gárrula cojera –recordemos la importancia del cuerpo–, Galdós, a través de don Lope, hace una crítica –¿autocrítica?– hacia esos librepensadores epidérmicos que, en sus vínculos sentimentales, son pacatos y reaccionarios: don Lope se aprovecha de la orfandad, la explota, la mancha y, al mancharla, aunque él se considere marido, es reticente al matrimonio. La excusa para no casarse no es la mancha, las imperfecciones de Tristana, sino la ranciedad del lazo matrimonial desde el punto de vista de un librepensador. Galdós, desde la bonhomía y la ternura, critica a los de su clase y género. Tampoco se priva de relacionar a la mujer con la caverna y el fanatismo. En doña Perfecta reconocemos el nexo entre los comportamientos más retrógrados y cierto tipo de beata poderosa y caciquil. Este estereotipo quizá debería someterse a una relectura.

El daguerrotipo literario del adulterio denuncia una sociedad estrecha e insana desde una perspectiva cultural, religiosa y moral. El adulterio y sus consecuencias revelan las desventajas de las mujeres en el libre juego de un erotismo, decantado a través del modelo perverso de los folletines románticos –Madame Bovary–, de las hagiografías –La regenta– o, en el caso de las adúlteras menos leídas, representa el único recurso –suicida, ilusorio– de ascensión social. Galdós, en sus retratos y profundas introspecciones psicológicas, amparó a las desamparadas Amparos y denunció la falta de fortuna, nada azarosa, de las Fortunatas. Contó lo que vio y relacionó las miserias morales y económicas de las mujeres con el marco de los prejuicios. No es tarea sencilla. Además, lo que se ve no ha de ser necesariamente edificante. Sus personajes femeninos se mueven en la horquilla entre realidad y deseo. Agradezco la intención de un escritor que concilia como nadie lo ético y lo estético y, en su representación de la realidad, proyecta su deseo de intervenir en ella para mejorarla.


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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Galdós para entender la España de hoy

Cien años después de su muerte, la obra del autor de los ‘Episodios Nacionales’ no solo explica lo que nos ha pasado a los españoles sino las claves de lo que está pasando



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Benito Pérez Galdós, en la finca familiar de Los Lirios en Gran Canarias en 1894. CASA-MUSEO PÉREZ GALDÓS

En febrero de 1897, Benito Pérez Galdós leyó su discurso de ingreso en la Real Academia Española. En aquel texto, titulado La sociedad española como materia novelable, expuso lo que ahora llamaríamos su poética, su manera de entender la novela como género, las ambiciones y propósitos que guiaron su escritura. Una de las frases de aquel discurso se convertiría en un lema galdosiano. Imagen de la vida es la novela, dijo entonces, y al contar la de los españoles, sus libros fueron trazando la imagen de un país que se llamaba igual que el nuestro, aunque ya no son el mismo. Pero más allá de la emoción, de la admiración, del placer, el mejor motivo para leer hoy al otro gran narrador español de todos los tiempos es su asombrosa capacidad para explicarnos lo que nos ha pasado, lo que nos está pasando todavía.

Galdós nunca fue neutral, y en el principio alienta una flamante ilusión democrática. La Fontana de Oro, su segunda novela, se publicó en 1871, un año antes de que apareciera el primero de los Episodios Nacionales, que la toman como modelo. En La Fontana, Galdós retrocede hasta el Madrid de 1821, donde los liberales han recobrado la esperanza. El odioso Fernando VII ha jurado la Constitución. La felicidad pública, el progreso, el nacimiento de una España más moderna e igualitaria se adivina en el horizonte. Así disculpa el joven Bozmediano a los exaltados que han atropellado en la calle a quien parece un pobre anciano. No hay revoluciones sin excesos, le dice mientras le acompaña a casa, pero el Gobierno pondrá fin a estos altercados. Mientras tanto, el anciano calla. Bozmediano no puede saber que es precisamente él quien, con dinero de Fernando, paga a los agitadores, a los incendiarios, a los energúmenos destinados a asustar al pueblo, para convencerle de que solo el poder absoluto de un rey tiránico labrará su paz y su felicidad.

A lo largo de los Episodios Nacionales, Galdós desarrolla este amargo principio en un trágico rosario de esperanzas frustradas, revueltas armadas y guerras civiles que comienzan siempre de la misma manera. En las regiones más ricas de España, el País Vasco, Navarra, Cataluña, la vieja aristocracia y la pujante burguesía que no tienen nada que ganar con los planes modernizadores de los gobiernos liberales de Madrid, levantan ejércitos bajo la bandera de Dios, la Tradición y el Rey absoluto que identifican con don Carlos, el hermano menor y aún más reaccionario de Fernando VII. A partir de 1833, los carlistas siempre pierden las guerras que empiezan pero son, también siempre, tan generosamente perdonados por los vencedores que están en condiciones de volver a conspirar en el instante mismo de su derrota. Así, en 1840, en 1849, en 1876, cuando en la superficie parece que todo ha terminado, en el subsuelo todo vuelve a empezar.

Los lectores de Galdós tenemos una perspectiva más amplia de lo que estamos viviendo que los españoles que nunca lo han leído. Sabemos por qué el independentismo catalán suprime el siglo XIX en un relato que insiste machaconamente en el XVIII, como si este estuviera más cerca que aquel. Sabemos que los partidarios de la mano dura se llamaban a sí mismos moderados, igual que la ultraderecha se beneficia hoy de términos como centroderecha o constitucionalismo. Sabemos que el republicanismo no fue un virus extranjero inoculado a traición en el ignorante pueblo español de 1931, sino una aspiración sólidamente instalada en el pensamiento progresista nacional desde las Cortes de Cádiz. Sabemos por qué el término “liberal”, que existe en casi todas las lenguas del mundo, es una palabra española y que, precisamente por eso, Franco se esforzó por extirpar la memoria del siglo XIX de “su” España, condenándolo a un limbo del que no ha sido completamente rescatado todavía. Sabemos además, quizás sobre todo, que la única Guerra Civil que conocemos por ese nombre —como si las carlistas no lo hubieran sido— fue el desenlace de un conflicto que duró más de un siglo. Desde 1812, dos Españas lucharon entre sí bajo banderas antagónicas. La libertad, el progreso, la igualdad, combatieron a la tradición, al clericalismo, a la reacción, y ni siquiera venciendo en tres guerras seguidas lograron ganar el futuro. El país donde yo nací aún era producto de su derrota.

Galdós nunca fue neutral, y en el final la desolación es casi absoluta. En 1897, Misericordia certificó el naufragio de todos los sueños. La Restauración había asfixiado las ilusiones de Bozmediano, los intentos de modernización del país agonizaban cubiertos de polvo. La burguesía, que debería haber sido el motor de la transformación social, imitaba el proverbial egoísmo de la aristocracia en lugar de liderar el Estado democrático. Las clases medias solo aspiraban a subir en el mismo ascensor, desentendiéndose de los más pobres, que se dejaban morir en el arroyo.

La dignidad de Benina

Un milímetro más acá sobrevive Benigna, la señá Benina, Nina, tres nombres diferentes para un personaje que encarna la dignidad del pueblo español en el contexto de la crisis más feroz. Benigna pide limosna en la puerta de una iglesia para alimentar a su señora, la dama arruinada que come lo que su criada le da. La señá Benina corre, va, viene, pide un duro prestado, empeña, rescata, se agota en una lucha implacable y todavía socorre a quienes tienen menos que ella. Su único patrimonio es su amigo Almudena, un mendigo moro, ciego, más marginal que miserable, que la quiere bien. Galdós, creador de personajes femeninos extraordinarios, a través de los cuales contó el mundo con tanta ambición como la que desplegó en sus personajes masculinos, deposita en Benigna, en su nobleza, en su generosidad, en su ternura, la última de sus esperanzas. Ella representa la frágil hebra de vitalidad que conserva el imperio moribundo, ensimismado y mohoso, que tal vez aún merezca la oportunidad de renacer.

Leer a Galdós es entender España, naufragar con ella, encontrar motivos para seguir creyendo.

También por eso es un escritor imprescindible.


Citas para un aniversario

2.000 libros. Coincidiendo con el centenario de su muerte, el Instituto Cervantes y la Comunidad de Madrid regalan hoy 2.000 ejemplares en edición facsímil del tercero de los Episodios Nacionales, la novela El 19 de marzo y el 2 de mayo. Se recogen en las sedes del Instituto Cervantes y la Consejería de Cultura.

Homenajes. El Ayuntamiento de Madrid rinde homenaje al escritor en su estatua del parque del Retiro a partir de las 12.00. Una hora antes, tendrá lugar otro homenaje ante la tumba de Galdós en el cementerio de La Almudena, al que acuden representantes de varias instituciones. El Ateneo de Madrid albergará a lo largo del año conferencias y actos en torno a la vida y la obra del autor de Fortunata y Jacinta.

Jornada especial. El Gobierno de Canarias, el Cabildo de Gran Canaria y el Ayuntamiento de Las Palmas han organizado una jornada especial para conmemorar al escritor canario y divulgar su obra con teatro de calle, actos institucionales y jornada de puertas abiertas en su casa-museo, que regalará libros a los visitantes. Estos días arranca además el rodaje de Galdós, un documental sobre el autor del director canario Gustavo Socorro.


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Almudena Grandes
 




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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Galdós, una vieja polémica nacional

El autor de ‘Fortunata y Jacinta’ vuelve a encender en su centenario un debate en torno a su talla literaria. Escritores de varias generaciones como Javier Marías, Cristina Morales o Marta Sanz se pronuncian sobre la vigencia de su obra


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Galdós visto por Sciammarella.

El pasado 4 de enero se cumplieron 100 años de la muerte de Benito Pérez Galdós y la polémica en torno a su valía ha tardado poco más de un mes en sumarse al centenario. De hecho, la división de opiniones en torno a su obra —con todos los matices— es casi un subgénero de la literatura española. A favor: Clarín, Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, Max Aub o Rafael Chirbes. En contra: Baroja, Unamuno, Azorín o Juan Benet. El nuevo asalto está teniendo lugar en este diario. El mismo 4 de enero Almudena Grandes publicaba un artículo destacando el compromiso del novelista canario. El 9 de febrero Javier Cercas expresaba sus dudas sobre su vigencia y altura literaria. El pasado sábado Antonio Muñoz Molina replicaba, y un día después Cercas le devolvía la réplica.

  “Se trata de un excelente novelista  que no ha trascendido su época”, afirma Javier Marías.

Almudena Grandes no ha encontrado ningún texto de Valle-Inclán en el que ataque a Galdós, y sí críticas muy elogiosas, explica al teléfono. “Mantuvieron una relación estrecha y se enfadaron cuando Galdós no programó una obra de Valle en el Teatro Español, que dirigía. Insistir en lo de garbancero es maltratar no solo a Galdós sino a Valle”. Germán Gullón, comisario junto a Marta Sanz de la exposición dedicada al novelista en la Biblioteca Nacional, que acaba de clausurarse, reconoce que el calificativo de garbancero no lo lanza Valle directamente sino uno de sus personajes en Luces de bohemia, pero insiste en que los novelistas de la generación del 98 “siempre vieron a Galdós como el autor que seguía acaparando la popularidad que les correspondía a ellos”.

Las críticas de Juan Benet, que acusaba a Galdós de doctrinario y chato, tenían sentido, afirma Grandes, puesto que el autor de Herrumbrosas lanzas “militaba” en la experimentación narrativa: “Esos argumentos se siguen repitiendo, pero el problema es que en el siglo XXI no existe más abordaje narrativo que el realismo. La ciencia ficción y el género fantástico crean mundos que luego se rigen por la técnica realista. No hay más que ver El cuento de la criada o Juego de tronos”.

Vicente Molina Foix, que compartía con Benet estética y amistad, añade un matiz generacional: “Los movimientos literarios a veces tienen giros bruscos que no tienen que ver con los méritos de un autor. Los Novísimos decíamos cosas sobre Antonio Machado que en realidad aludían al empacho de corrientes que bebían de Machado. Galdós para los novelistas también era una piedra en el camino con su realismo a palo seco, a veces ilustrativo”.

De vuelta al presente, la crítica de Javier Cercas a Galdós porque “toma partido” no convence a Almudena Grandes. “La objetividad es una quimera, y tomar partido tiene que ver con la propia escritura. Como dijo el teórico Lukács una novela puede tener o no política, pero nunca está exenta de ideología. Tomar partido es reconocer explícitamente el compromiso de la escritura”.

“Echarle en cara a Galdós la intención de intervenir está anticuado, es una visión elitista de la literatura. No hay nada malo en que los libros tengan un impulso ético, porque siempre intervienen en la realidad”, añade Marta Sanz. “Hoy podemos hablar de que cierta literatura es rancia porque no asume un riesgo formal y conduce a un pacto de familiaridad comercial, pero juzgar así a Galdós es descontextualizar”. Sanz concluye: “Las novelas no solo representan la realidad, sino que la construyen. De modo que nadie puede inhibirse de esa responsabilidad: tampoco los que sacralizan la palabra literaria, demonizan la literatura política y a menudo se consideran antigaldosianos. Creen que sacralizarla es alejarla de los garbanzos: para mí, es al revés”.

José María Guelbenzu, también militó en el experimentalismo de los años setenta, y considera que en Galdós “hay ideología pero muy sujeta a la clase social, es decir, novelísticamente, no es maniqueo sino muy literario, a pesar de que su modelo es más Zola que Balzac”. Dicho esto, plantea sus reparos sobre el autor de Tormento: “Para la literatura española es un gigante, pero va un paso por detrás de los grandes del resto de Europa porque ellos empezaron antes. Lo mismo con Bécquer. Galdós no aporta literariamente nada nuevo más que el retrato de la sociedad española. No inventa nada pero resume muy bien. Aplica la falsilla que inventaron los jefes de filas del XIX”.

  “Esos escritores a quienes se les acusa de no llegar a la altura canónica son precursores de la literatura vanguardista y del punk. Galdós puede ser el tatarabuelo de Siniestro Total”, sostiene Cristina Morales

Javier Marías, por su parte, advierte de que leyó mucho a Galdós pero no ha vuelto a él: “Las impresiones de juventud no resultan muy fiables al cabo de los años, pero la idea que me ha quedado es que se trata de un excelente novelista —una de las cumbres de la novela decimonónica en español— que no ha trascendido su época. Está, por así decir, muy fechado. Algo parecido a lo que le pasa a [Camilo José] Cela”. Esto no tiene que ver, aclara, con el momento en que vivió: “Henry James es un estricto coetáneo suyo y lo percibo como alguien que sigue vigente”. ¿Cuál es el problema? “Estos días he empezado a releer Fortunata y Jacinta y los diálogos me chirrían porque están llenos de casticismos que no llevan a ninguna parte. Los personajes hablan y hablan pero no dicen nada”. Pese a todo, sostiene Marías, “Galdós tenía un grandísimo talento y merece la pena seguir leyéndolo, pero no sé si imitándolo. Lo que me parece extraño es que todavía haya tantos autores españoles que lo tengan como modelo”.

Respecto a la equiparación del autor español con sus pares europeos, Marías es, de nuevo, cauto pero rotundo: “Cada uno tienes sus panteones y fetiches, y más en una época que cuestiona el canon. Yo, por ejemplo, no considero un grande a Dostoiévski. Me cansa. Y sí me lo parece Joseph Conrad, que hasta no hace demasiado era tenido por un escritor de aventuras. ¿Hubiera tenido Galdós otra suerte de ser ruso o francés? Es posible, pero Eça de Queirós es portugués y me parece más grande”.

Para Cristina Morales, último premio Nacional de Narrativa, “entrar en el fango, en la marranería quizá sea lo que permite alzar el vuelo. Esos escritores a quienes se les acusa de no llegar a la altura canónica son precursores de la literatura vanguardista y del punk, esa corriente que encuentra la vida en la podredumbre. Galdós puede ser el tatarabuelo de Siniestro Total”.

Morales reconoce no estar muy al tanto de los debates que rodean a Galdós. A ella se le cayó de las manos una novela de don Benito en el instituto, pero volvió a él tiempo después cuando trabajaba en su novela Terroristas modernos, que trataba sobre la posguerra de la Guerra de Independencia. “No había apenas referentes y tenía que recurrir a la prensa de aquella época o a Galdós, que, aunque no vivió en ese momento, rellenó un hueco historiográfico que había quedado vacío. Así que mi acercamiento a su obra es desde un lugar poco menos que cínico. Le veo como un compañero, no como un elefante blanco”, apunta.

Tal vez las nuevas generaciones establezcan otra relación con Benito Pérez Galdós, que lleva más de un siglo siendo el elefante con el que todo el mundo tropieza. Antonio Muñoz Molina ha escrito tanto sobre él que no quiere añadir nada más a la polémica. Javier Cercas también ha dicho lo suyo pero añade una conclusión con la que todos estarán de acuerdo: “Lo que prueban los debates sobre Galdós es que está vivo. Y esto es lo mejor que le puede pasar a un clásico”.


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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
El año Galdós, víctima del coronavirus

La pandemia, que reúne los ingredientes de un ‘episodio nacional’, ha paralizado las celebraciones del centenario del escritor



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Benito Pérez Galdós, retratado por Joaquín Sorolla.

Trafalgar, Napoleón en Chamartín, Cánovas, España sin rey, La primera república… ¿el coronavirus? La pandemia ya es un hito histórico de España del que Benito Pérez Galdós habría tenido hechos luctuosos suficientes para novelar otro de sus Episodios Nacionales. Sin embargo, el escritor canario (1842-1920), en el año que conmemoraba el centenario de su fallecimiento, repleto de actos, exposiciones, homenajes, biografías… se ha visto eclipsado por la realidad. Esto no impide que el gran novelista español “esté plenamente reconocido y confirmado", dice por teléfono la catedrática Yolanda Arencibia, que, como dijo cuando recibió el Premio Comillas de Biografía en enero por una obra sobre el novelista, lleva “toda una vida dedicada a Galdós”.

Este libro, de unas 1.000 páginas, sobre un personaje que atrajo a Arencibia desde su infancia -ella nació en Las Palmas, tres calles más arriba de donde lo hizo él- se iba a publicar en mayo, aunque ahora saldrá a mediados de junio, según la editorial Tusquets. La profesora Arencibia recuerda que Galdós ya escribió sobre una epidemia, la de cólera que sufrió la capital en 1865. En el cuento Una industria que vive de la muerte incidía “en el sonido de un carpintero que trabaja en un ataúd que finalmente será para él”.

También ha terminado su biografía sobre el autor de Fortunata y Jacinta, que espera publicar a mediados de 2021, Germán Gullón, crítico literario y catedrático emérito de Literatura Española. Una anomalía a la que le ve, sin embargo, un nuevo aire: “Coincidirá con los centenarios de Emilia Pardo Bazán, Concepción Arenal y con el también postergado de Miguel Delibes; y la obra galdosiana está íntimamente relacionada con los tres”, señala. Arencibia lamenta que el Año Galdós haya “quedado a mitad de camino, pero seguirá cuando esto pase”. Aunque, matiza, se retomará “aquello que valga la pena, como el congreso previsto para mayo en Madrid” en el que iba a participar.

En la capital estaba en marcha también una gran exposición en la Academia de Bellas Artes, que iba a inaugurarse el 30 de abril y sobre la que no hay nueva fecha. Su comisario, el fotohistoriador Publio López Mondéjar, apunta que se iban a mostrar documentos de archivos personales e institucionales, cartas y fotografías… “solo de él unas 50, porque lo retrataron los grandes de su época, como Campúa, Alfonso, Franzen…”. “Las fotos llevan semanas enmarcadas, el diseño de sala está terminado, el catálogo a punto de entrar en imprenta…”. Titulada Galdós en el laberinto de España, sería/será un paseo por todas las facetas del homenajeado: “Fue un gran crítico musical, amante de la ópera y tocaba el piano. También crítico de arte y pintor apreciable”, añade. “Estrenó 10 obras de teatro en el Español y siete en la Comedia, y luego estaría el hombre político, representado por sus manifiestos, el diputado que decía ‘no paro de tomar notas, el que no esté en el Congreso no sabe lo que pasa en España”.

Misericordia por las víctimas

¿Y qué habría escrito Galdós de lo que sucede ahora? “Una crónica piadosa, porque lo que Cervantes y él trajeron fue la misericordia por las víctimas, el cariño por los demás”, añade López. Sin embargo, “con algunos políticos sería un crítico terrible y habría mostrado su indignación”. Gullón abunda en que el relato galdosiano del coronavirus “sería una historia de la derrota ciudadana, como en Trafalgar, en la que los héroes estarían en los servicios públicos”.
En ese ejercicio de imaginación, la cineasta Arantxa Aguirre, que había empezado a preparar un documental sobre Galdós, apunta que este “habría escogido como protagonistas a personajes anónimos”, como pueden ser hoy las cajeras de supermercado o el personal sanitario, igual que hizo en los Episodios Nacionales, “donde casi siempre esos seres y no las cabezas visibles son quienes llevan el pulso de la historia”. Sobre su futuro documental, Aguirre, cuya tesis versó sobre Buñuel y Galdós, tiene claro que en él dominará “la palabra de Galdós". “De esos años hay mucho y muy rico material gráfico. No sólo fotografías, sino imágenes en movimiento, además de la pintura española de entonces, que retrató muy bien cómo era la vida”.

Donde más se ha notado el parón del Año Galdós es en la ciudad que tuvo en el canario a su mejor cronista, “en la que ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital”, como escribió. “Está todo aplazado y sin fechas”, señalan desde la Consejería de Cultura de la Comunidad de Madrid sobre el extenso programa, que incluía representaciones teatrales, rutas galdosianas, conciertos, intervenciones de artistas urbanos… Un homenaje que se iba a prolongar hasta el 13 de diciembre.

Sin embargo, la política española no fue siempre tan generosa con él. Los sectores más conservadores hicieron campaña contra su candidatura al Nobel en 1912. El proyecto de Azaña de comprar su casa de veraneo, en Santander, fue abortado por la Guerra Civil. Después, la personalidad republicana y anticlerical de Galdós hicieron torcer el gesto al franquismo. “Fue Canarias la que compró la documentación y los muebles de el hogar de Santander”, subraya Arencibia. Esto permitió, en 1969, inaugurar la casa museo de Las Palmas. Su directora, Victoria Galván, explica que el contratiempo de este año les está forzando a “reestructurar una programación” que tenía como plato fuerte la exposición que ya estuvo en la Biblioteca Nacional. “Algunas actividades paralelas, como conferencias, se han eliminado. Otras se reubicarán y pensamos en propuestas que no impliquen la presencia de público”. Desde el cabildo de Gran Canaria hay una comisión coordinadora del centenario con el Gobierno insular que se encargará de tomar las decisiones sobre las fechas de los eventos pendientes. Galván lamenta que pueda quedar pendiente “que se acerca más Galdós al público de Canarias”, pero se muestra optimista y apunta, como Arencibia, que quizás “haya que alargar el centenario”.

Gullón también pone buena cara a la adversidad: “Nos dará fuerza esta pausa, porque no habrá que volver adonde estábamos, sino habrá que apuntar a un camino diferente”. Ambos estudiosos recogen la esperanza que cultivaba el propio Galdós como cuando, en su discurso de ingreso en la RAE, en 1897, comparó la sociedad con una “dura y pavorosa peña en la que se abren grietas, indicándonos senderos o salidas que tal vez nos conduzcan a regiones despejadas”.


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Caricatura de Benito Pérez Galdós de la exposición en la Biblioteca Nacional.


Esperanza en el último trimestre

Varias instituciones prevén actos relacionados con el Año Galdós para los últimos meses de 2020, que ahora están a la espera de cómo evolucione la pandemia. La Real Academia Española, en la que ingresó Galdós en 1897 con el discurso 'La sociedad presente como materia novelable', iba a celebrar, entre otros actos, un ciclo de cine de obras de Galdós de las que se hicieron películas y una conferencia del Nobel Mario Vargas Llosa. Al otoño ha retrasado el Círculo de Bellas Artes las actividades anunciadas con colegios, como programas de radioteatro. Para esa fecha se han movido también varios eventos sobre el Galdós más político. Mientras que el Instituto Cervantes confía en que no tenga que aplazar una exposición anunciada para el último trimestre, 'Galdós y los poetas', que mostrará su influencia en numerosos autores, y un congreso con la participación de expertos encabezados por José Carlos Mainer.


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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
A Galdós no lo querían en la Real Academia

Las polémicas en la RAE no son cosa de ahora: a finales del siglo XIX hubo un buen lío cuando Menéndez Pelayo quiso meter a Galdós en la institución



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Dibujo de Juan Comba, publicado en 'La ilustración Española y Americana', sobre la inauguración de la actual sede de la RAE el 1 de abril de 1894.

Marcelino Menéndez Pelayo podía ser un católico de cruzada y misa diaria, pero como filólogo o en su condición de polígrafo, sabía reconocer a los grandes novelistas aunque fueran agnósticos militantes. El sabio santanderino ha pasado a convertirse en un referente de la caverna y precursor del nacionalcatolicismo pero fue él quien se empeñó en que su polo opuesto entonces, ni más ni menos que aquel que simbolizaba la España progresista y republicana, entrara en la Real Academia Española.

Además lo hizo a tiempo, en 1883 comenzó su batalla, con el olfato suficiente como para darse cuenta de que a lo largo de aquella década, Pérez Galdós se consagraría como el más grande autor de su tiempo. Aun así, don Benito no las tenía todas consigo: “Resistí al principio y hasta anuncié que tendría algún disgusto”, le escribió a su colega Leopoldo Alas, alias Clarín.

Menéndez Pelayo y Juan Varela se habían metido ya en faena a partir de entonces, pero no fue hasta 1888 que quedó propuesto formalmente, tras el fallecimiento de Marcelino de Aragón-Azlor, duque de Villahermosa. No tardaron los oponentes en movilizarse: ¿Galdós en la Academia? ¡Ese impío! Una facción, azuzados entre otros por Antonio Canovas, preparó la candidatura del latinista y lexicógrafo Francisco Commelerán. La sesión previa fue una batalla: gritos, insultos, casi llegan a las manos sus provectas señorías.

Canovas hizo de aquello una cuestión política. El conservadurismo español, en esencia. Pero con Menéndez Pelayo, qué cosas, su máximo referente intelectual, como líder del bando contrario. Una lección para quien hoy quiera tomar nota. ¿A quién le dio la historia la razón más allá del ventajismo corto de miras en el momento?

Los amigos de Galdós salieron públicamente en su defensa: desde Clarín a Emilia Pardo Bazán Aquello se convirtió en una cuestión nacional. Ni que decir tiene que el disgusto profetizado por el escritor se cumplió y perdió aquella primera votación el 17 de enero de 1889 por catorce votos contra diez. No así la promesa que le hizo a su amigo José María de Pereda, tan conservador como Menéndez Pelayo pero también partidario de Galdós: “Si me derrotan ahora esos tíos viejísimos no vuelvo a presentarme”.

Lo hizo. Menéndez Pelayo siguió erre que erre. No entendió el rechazo de entrada, como comenta Yolanda Arancibia en su nueva biografía del autor canario: “Un literato de tan grande y positivo mérito y de tan extraordinaria popularidad ante una persona que casi nadie conoce ni ha leído”, comentaba su valedor. Al parecer, algunos llevaban clavados varios dardos que Galdós había dedicado a la RAE en sus tiempos de joven cronista: “Una señora entrada en carnes, bastante vieja pero muy bien conservada”, escribía, “un espacio para la literatura veleta”, contaba en otra ocasión.

La polémica fue cruda. Afectó a Galdós pero mucho más al prestigio de la institución. No costó volverle a convencer. Menéndez Pelayo supo cómo volver a favor el orgullo herido. Visto lo visto, no había excusa. Le aconsejó: hay que cambiar las cosas desde dentro. Con la tormenta, incluso los adversarios entraron en razón. Canovas y otros, como Tamayo y Baus, cambiaron su postura y cuando se produjo otra vacante, la del jurista León Galindo de Vera, aceptaron su entrada.

Se formó una candidatura única y evitaron enfrentamientos. Galdós pasó de demonio para los supuestos biempensantes a ser aclamado y recibido, esgrimieron, como novelista universal en apenas seis meses. Lo eligieron casi por unanimidad -22 síes de 24 posibles- tras ser de nuevo votado el 13 de junio del mismo año en que lo patearon.

Ocuparía el sillón N. Pero sin prisa. Tardó casi ocho años –hasta 1897- en pronunciar su discurso de ingreso, La sociedad presente como materia novelable. Fue respondido por Menéndez Pelayo. Cuestión zanjada pero con herida supurante. Galdós como figura fundamental en medio de la polémica continua no dejará de producir ruido y despertar el todavía latente histerismo patrio. Si no, esperen a ver la semana que viene qué ocurrió con el Premio Nobel.


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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Y España le arrebató el Nobel a Galdós

Las puertas de la Academia Sueca se cerraron ante una operación en contra del escritor



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Saturno devorando a su hijo (1819), obra del pintor español Francisco de Goya.

La frase la pronunció Tomás Rufete, padre de Isadora, La desheredada, ya perdido el oremus, al principio de la novela cuando se hallaba ingresado en el manicomio de Leganés: “¡Y el país, ese bendito monstruo con cabeza de barbarie y cola de ingratitud, no sabe apreciar nuestra abnegación, paga nuestros sacrificios con injurias y se regocija con los humillados! Pero ya te arreglaré yo, país de las monas. ¿Cómo te llamas? Te llamas envidiopolis…”.

La obra apareció en 1881. Era ficción clavada de la realidad. Porque lo mismo podía haber dicho –y sin duda pensó- Benito Pérez Galdós en 1912 cuando su candidatura al Premio Nobel quedó en derrota. ¿A cargo de quién? Del propio país cainita que lo vio nacer.

Sin duda, ese capítulo es uno de los más vergonzosos de nuestra historia cultural común, enciscada, destructiva. A principios de aquel año, José Estrañi, director de El Cantábrico, periódico santanderino empezó a promover una candidatura que pronto acogieron figuras como Benavente, Ramón y Cajal, Echegaray o Romanones. Consiguieron alrededor de 500 firmas y fue presentada en la cancillería de Suecia en Madrid.

La reacción, como ocurrió al anunciarse su propuesta como candidato para la Real Academia, no se hizo esperar. Prendió con torpeza y un acusado grado de maldad. Pero con la diana fija en impedir el premio y un reconocimiento internacional de ese calibre ya entonces para el escritor que a lo largo de la historia reciente más lo ha merecido entre los españoles. Una iniciativa ultraconservadora propuso a Marcelino Menéndez Pelayo en contra. He ahí la retorcida maldad: a sabiendas de que eran íntimos amigos y con la intención, además, de socavar su relación.

La academia, que contaba ya con ambos en sus filas, apoyó a los dos. Varios diarios lanzaron ataques furibundos, agresivos, cruentos hacia el canario, autor, según La Época, “de novelas revolucionarias que habían manchado el suelo de sangre”. No existían las redes sociales, pero la caverna estaba bien conectada a la tecnología imperante a principios del siglo XX. Los cientos de cartas y telegramas en contra recibidos en la sede de Estocolmo, según Erik Karlfeldt, poeta y nombrado después secretario permanente de la institución encargada del premio, les llevó a desestimarlo. Cayó en manos del alemán Gerhart Hauptmann: 140.000 coronas suecas que hubiesen aliviado sus últimos años de continuos apuros económicos.

Cuando Miguel de Unamuno conoció muy bien y de primera mano por parte de las autoridades nórdicas la operación desplegada en su contra, la calificó de vergonzosa. Benavente censuró, como recoge Francisco Cánovas en su biografía, “el lamentable espectáculo de nuestras divisiones e intolerancias”. Goya y su Saturno devorando una vez más a sus hijos.

Galdós siguió aquello entre la nebulosa triste de su acuciante ceguera y sin que la repugnante escaramuza afectara en lo más mínimo a su amistad con Menéndez Pelayo. Ambos parecieron firmar un pacto de silencio entre caballeros. Dejaron patente que la histeria no iba con ellos. Se quedaron sin premio, pero ganó enteros su amistad. Los polos opuestos en ideología aunque no tanto en estéticas literarias, civilizadamente asombrados del grado de miseria al que podían llegar sus compatriotas.

Un año después, en 1913, el Ateneo de Madrid volvió a la carga. Lo apoyaban sin fisuras miembros de su generación pero también figuras más jóvenes como Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén o José Moreno Villa. En vano, de nuevo: fue a parar a Rabindranath Tagore, primer premiado no perteneciente a un país europeo. La academia sueca, escaldada y desconcertada por el grado de virulencia al que podían llegar los españoles en sus destructivas divisiones, cerró definitivamente la puerta del Nobel para Galdós. España, en su esencia y su versión más cruel e irreconciliable, se lo había arrebatado.


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Mensaje Re: Benito Pérez Galdós 
 
Galdós: las mil caras de un escritor español


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Cronista y novelista, el autor de los Episodios nacionales tenía una capacidad de imaginación y observación fuera de lo común. Comisariada por Publio López Mondéjar, la muestra Galdós en el laberinto de España, a la que pertenecen estas imágenes, mostrará su vida en la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.



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Galdós, cuando tenía siete años, retratado en un daguerrotipo de autor desconocido. 1850.  El siglo de Galdós es el de la novela y el de la fotografía. A Galdós, que fue el hijo pequeño en una familia de muchos hermanos, lo retrataron de niño en un daguerrotipo, y según se iba internando en la última vejez y se acercaba a la muerte lo retrataron los fotógrafos que ya trabajaban para el huecograbado urgente de los periódicos.1Galdós, cuando tenía siete años, retratado en un daguerrotipo de autor desconocido. 1850.

El siglo de Galdós es el de la novela y el de la fotografía. A Galdós, que fue el hijo pequeño en una familia de muchos hermanos, lo retrataron de niño en un daguerrotipo, y según se iba internando en la última vejez y se acercaba a la muerte lo retrataron los fotógrafos que ya trabajaban para el huecograbado urgente de los periódicos. Colección Caridad Pérez Galdós


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Retrato-tarjeta del escritor, en una fotografía realizada hacia 1865.  En esos tres cuartos de siglo que van del primer retrato a los últimos suceden las explosiones simultáneas de la novela y de la fotografía, y también la de la ciudad moderna que la novela y la fotografía documentan con una fidelidad que no había existido antes, con un impulso de fabulación que es al mismo tiempo de testimonio y de crítica.2Retrato-tarjeta del escritor, en una fotografía realizada hacia 1865.

En esos tres cuartos de siglo que van del primer retrato a los últimos suceden las explosiones simultáneas de la novela y de la fotografía, y también la de la ciudad moderna que la novela y la fotografía documentan con una fidelidad que no había existido antes, con un impulso de fabulación que es al mismo tiempo de testimonio y de crítica. Colección López Salvá


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El escultor Victorio Macho (derecha) y Galdós, tras el traslado al parque del Retiro del monumento dedicado al escritor, en 1919.  Cuando Galdós llegó a Madrid en 1862, como uno de esos provincianos ambiciosos y quiméricos de las novelas de Balzac, la ciudad era todavía una desolación de conventos y cuarteles, de un caserío mezquino, con un horizonte de páramos y de torres y cúpulas de iglesias. Madrid era la capital decrépita de un reino clerical y corrupto, tan aislada en el centro de su meseta como la misma España en la lejanía de su atraso.3El escultor Victorio Macho (derecha) y Galdós, tras el traslado al parque del Retiro del monumento dedicado al escritor, en 1919.

Cuando Galdós llegó a Madrid en 1862, como uno de esos provincianos ambiciosos y quiméricos de las novelas de Balzac, la ciudad era todavía una desolación de conventos y cuarteles, de un caserío mezquino, con un horizonte de páramos y de torres y cúpulas de iglesias. Madrid era la capital decrépita de un reino clerical y corrupto, tan aislada en el centro de su meseta como la misma España en la lejanía de su atraso. Museo Victorio Macho, Toledo


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Retrato realizado en el estudio fotográfico de Kaulak. 1904.  Cuando Galdós llegó a Madrid la fotografía empezaba a cobrar una relevancia documental y social que aún no podía ejercer la novela. Las ciudades y las novelas mostraban ya en otros países de Europa una pujanza tan incontenible como las catedrales en la Edad Media, y aquel Galdós que llegó a Madrid se alimentaba tan apasionadamente de las novelas de Dickens, Balzac o Flaubert como del sueño de viajar de verdad a las capitales en las que sucedían.4Retrato realizado en el estudio fotográfico de Kaulak. 1904.

Cuando Galdós llegó a Madrid la fotografía empezaba a cobrar una relevancia documental y social que aún no podía ejercer la novela. Las ciudades y las novelas mostraban ya en otros países de Europa una pujanza tan incontenible como las catedrales en la Edad Media, y aquel Galdós que llegó a Madrid se alimentaba tan apasionadamente de las novelas de Dickens, Balzac o Flaubert como del sueño de viajar de verdad a las capitales en las que sucedían. Kaulak (BNE)


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A punto de subir al coche de caballos para dar su paseo diario por las calles de Madrid. La fotografía es de 1918.  Habiendo vivido su primera juventud en el Madrid de la revolución del 68, que derribó conventos sórdidos y abrió plazas y nuevas perspectivas urbanas al mismo tiempo que despejaba un porvenir de libertad, Galdós inventó casi desde la nada la novela española, y al mismo tiempo fue creando, libro a libro, el público que iba a leerla, y a ser retratado por ella. Galdós aprendió de Balzac y de Dickens, y encontró en ellos un camino doble hacia la realidad de su presente y hacia el origen mismo de aquella gran explosión narrativa, que venía de Cervantes, y antes aún del Lazarillo.5A punto de subir al coche de caballos para dar su paseo diario por las calles de Madrid. La fotografía es de 1918.

Habiendo vivido su primera juventud en el Madrid de la revolución del 68, que derribó conventos sórdidos y abrió plazas y nuevas perspectivas urbanas al mismo tiempo que despejaba un porvenir de libertad, Galdós inventó casi desde la nada la novela española, y al mismo tiempo fue creando, libro a libro, el público que iba a leerla, y a ser retratado por ella. Galdós aprendió de Balzac y de Dickens, y encontró en ellos un camino doble hacia la realidad de su presente y hacia el origen mismo de aquella gran explosión narrativa, que venía de Cervantes, y antes aún del Lazarillo. Salazar (Archivo General de la Nación)

Retrato del autor de los Episodios nacionales a cargo de la Viuda de Céspedes, hacia 1895.  Las novelas de Galdós están pobladas de donquijotes calamitosos que se niegan a mirar la realidad y viven de alucinaciones destructivas y de lazarillos llenos de inocencia y talento que se ven arrojados a un mundo de injusticia en el que les será muy difícil salir adelante. Galdós, que escribió mucho en los periódicos, tenía un alma de cronista tanto como de novelista, y una capacidad de observación indiscriminada y fulminante como la de un fotógrafo callejero; y su capacidad de imaginación y de observación lo llevaban a experimentar continuamente nuevas formas narrativas, puntos de vista, voces inusitadas.6Retrato del autor de los Episodios nacionales a cargo de la Viuda de Céspedes, hacia 1895.


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Las novelas de Galdós están pobladas de donquijotes calamitosos que se niegan a mirar la realidad y viven de alucinaciones destructivas y de lazarillos llenos de inocencia y talento que se ven arrojados a un mundo de injusticia en el que les será muy difícil salir adelante. Galdós, que escribió mucho en los periódicos, tenía un alma de cronista tanto como de novelista, y una capacidad de observación indiscriminada y fulminante como la de un fotógrafo callejero; y su capacidad de imaginación y de observación lo llevaban a experimentar continuamente nuevas formas narrativas, puntos de vista, voces inusitadas. Colección particular


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Fotografía dedicada a Valle-Inclán tras una sesión de posado en el estudio madrileño de los hermanos Calvet. 1895.  No hay un escritor menos conformista consigo mismo en la literatura española. Tampoco hay ninguno que haya llegado tan lejos en la alianza entre la pasión de contar y el compromiso político, la furia contra la corrupción y la injusticia españolas, el amor por la libertad de los espíritus y los cuerpos, la educación emancipadora para todos, la simple decencia democrática.7Fotografía dedicada a Valle-Inclán tras una sesión de posado en el estudio madrileño de los hermanos Calvet. 1895.

No hay un escritor menos conformista consigo mismo en la literatura española. Tampoco hay ninguno que haya llegado tan lejos en la alianza entre la pasión de contar y el compromiso político, la furia contra la corrupción y la injusticia españolas, el amor por la libertad de los espíritus y los cuerpos, la educación emancipadora para todos, la simple decencia democrática. Calvet (Archivo Prensa Española)


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La actriz Margarita Xirgu (sentada), acompañada de los miembros de una delegación cultural belga, visita a Galdós en su casa de San Quintín, en Santander. 1915.  La muestra 'Galdós en el laberinto de España', un proyecto de la Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid en colaboración con la Academia de Bellas Artes de San Fernando, tiene previsto inaugurarse el próximo 22 de septiembre y permanecer expuesta hasta el 3 de enero de 2021. La exposición y el libro están comisariados por Publio López Mondéjar.8La actriz Margarita Xirgu (sentada), acompañada de los miembros de una delegación cultural belga, visita a Galdós en su casa de San Quintín, en Santander. 1915.

La muestra 'Galdós en el laberinto de España', un proyecto de la Consejería de Cultura y Turismo de la Comunidad de Madrid en colaboración con la Academia de Bellas Artes de San Fernando, tiene previsto inaugurarse el próximo 22 de septiembre y permanecer expuesta hasta el 3 de enero de 2021. La exposición y el libro están comisariados por Publio López Mondéjar. Díaz Casariego (Efe)


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El escritor canario, leyendo durante un posado en el estudio Cifuentes de Madrid en 1900.9El escritor canario, leyendo durante un posado en el estudio Cifuentes de Madrid en 1900. Colección Olmedilla


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En su residencia madrileña del paseo de Areneros, en torno a 1905.10En su residencia madrileña del paseo de Areneros, en torno a 1905. Colección Beltrán de Heredia


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Retrato fotográfico de Benito Pérez-Galdós realizado por Campúa en torno a 1910. Colección familia Pérez Galdós


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Benito Pérez-Galdós, fotografiado en 1915 en el salón-despacho de su casa de Santander.12Benito Pérez-Galdós, fotografiado en 1915 en el salón-despacho de su casa de Santander. Arauna (Colección Monasor)


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La Quinta de San Quintín, en Santander, donde Galdós escribió muchas de sus obras. En primer término, el guarda y hortelano de la finca, Manuel Rubín. 1905. Colección familia Pérez Galdós


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Salida del féretro de Benito Pérez Galdós del antiguo ayuntamiento de Madrid, el 5 de enero de 1920, en una escena fotografiada por Campúa. Colección Ortiz Armengol


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El escritor, ya ciego, en su casa de la calle de Hilarión Eslava en Madrid, en una foto de 1918. Colección particular


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El escritor, con sus perros, en el patio de su casa madrileña de la calle de Hilarión Eslava. Junto a él está su hombre de confianza y fotógrafo, Victoriano Rubín. 1918. Alfonso / Colección Basilio Martín Patino


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Benito Pérez Galdós ejecutó este autorretrato en 1860, antes de su viaje a Madrid. Colección de Caridad Rodríguez Pérez Galdós


Texto de Antonio Muñoz Molina
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