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Kami, El Pintor Del Misterio Del Rostro Humano
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Mensaje Kami, El Pintor Del Misterio Del Rostro Humano 
 
El pintor iraní al que todas las caras le parecen bellas, salvo la de Hitler

El artista iraní Y. Z. Kami, exiliado en Nueva York desde los ochenta, lleva cuatro décadas descifrando los secretos que encierran las caras de sus semejantes. Entramos en su estudio en busca de respuestas



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Kami, delante del óleo Man With Violet Eyes (2013-2014). Erik Tanner

Para Y. Z. KAMI, todas las caras son dignas de atención. “Todas me parecen interesantes e incluso diría que todas me resultan bellas”, empieza por decir tras abrir la puerta de su estudio neoyorquino, bañado en una luz poderosa e impregnada de un inexplicable tono sepia. El pintor iraní jura que no hay excepciones a esa máxima. “O tal vez solo la de Adolf Hitler”, matizará segundos después. Nació en Teherán en 1956 con el nombre de Kamran Youssefzadeh, que no tardaría en trocar por un seudónimo más llevadero. Pero ya lleva más de 30 años en Nueva York. Allí sigue pintando a diario en este taller pegado a su residencia en el barrio de Chelsea que compró hace 20 años, justo antes de que los precios se disparasen. Es su forma de descifrar el misterio que encierran las caras de sus semejantes.


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Detalle del estudio del artista.

En una vida anterior, el lugar fue un estudio fotográfico que hacía retratos por encargo. A su manera, su nuevo inquilino sigue con esa tradición, como demuestran los grandes lienzos apoyados en las paredes, que reproducen caras de modelos anónimos pintadas con 10 o 12 capas de pintura. Esa superposición de acrílico les confiere unos contornos borrosos, que dan una ilusoria sensación de movimiento. “Cuando piensas en la cara de alguien que conoces, nunca te la imaginas congelada. Siempre hay un temblor. Intento reflejar esa vibración del alma”, apunta Kami como explicación, mientras sirve una taza de té. También parecen desprender una extraña calidad moral. Al creador le gusta escucharlo. “Tal vez por eso me parecen bellos”, sonríe


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Zona de trabajo en el estudio de Kami.

Hay artistas que conquistan la cumbre en pocos años a golpe de ruido y de furia. Y luego están los que trepan la montaña a ritmo sosegado, deteniéndose cada vez que les falta el aliento, pero sin dar pasos en falso. Sin duda, Kami es de los segundos. Su galerista es el todopoderoso Larry Gagosian, uno de los nombres que dictan la agenda del arte contemporáneo, pero sus lienzos nunca han seguido tendencias ni tenido vocación mayoritaria. Para empezar, Kami se inspira en las enseñanzas del sufismo y su misticismo ascético hecho de repeticiones ad aeternum. Dice que por muchas caras que haya dibujado en las últimas cuatro décadas, le sigue pareciendo “tan difícil como el primer día”. Procura mejorar en cada intento trabajando inmerso en una rutina casi monacal: desayuno, periódico y entre cinco y seis horas de pintura, seguidas de una segunda sesión de trabajo tras el almuerzo y la siesta obligatoria.


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El artista en su taller: un antiguo estudio fotográfico en el barrio de Chelsea.

Los cuadros de Kami contienen elementos de todas las religiones, como si apelaran a un entendimiento que hoy día sigue pareciendo quimérico. “Siempre me ha interesado comparar las religiones o partes de ellas, entender qué tienen en común el islam y el cristianismo, la cábala, el hinduismo o el budismo”, afirma el pintor. ¿Todas son iguales? “No puedo decir eso. Pero son como ríos que desembocan en el mismo océano. Me gustaría que fuese una opinión más compartida. Nos iría mejor que matándonos unos a otros”, responde. Una vez, el gran historiador del arte Robert Storr dijo que al encontrarse frente a sus cuadros le entraban unas ganas locas de creer. “Es una victoria escuchar eso. Si un agnóstico duda, me siento satisfecho”, reconoce.


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Obras de la serie Endless Prayers y Domes, que hacen referencia a las distintas religiones del mundo.

Pese a todo, él no es practicante y prefiere no decir a qué dios rezaría si tuviera que hacerlo. De hecho, no procede de una familia especialmente religiosa. “Lo más parecido que teníamos era la poesía. En cada casa iraní había un libro de autores místicos”. Sus padres tampoco estaban politizados ni tenían vínculos con el poder. “No tenían relación con la corte iraní ni con el Gobierno prerrevolucionario. Por eso, cuando se produjo el cambio de régimen, nadie vino a molestarles”. Aun así, el joven Kami, sediento de conocimiento y libertad, se marchó a vivir al extranjero poco antes de la revolución de 1979. “Pero no lo viví como un exilio porque tenía permiso para volver”, precisa. Primero se fue a estudiar un semestre en Berkeley. Y en el camino de vuelta se detuvo en París unas semanas. Se terminaría quedando 10 años, durante los que fue alumno de Roland Barthes, Michel Foucault o Emmanuel Lévinas, que en su día ya teorizó sobre la metafísica de los rostros. “No pienso en él cuando pinto, aunque supongo que cada página leída es una influencia inconsciente”.


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Moldes para estampas.

Kami llegó a Nueva York en 1984, cuando la escena artística se encontraba en plena efervescencia y el sida hacía estragos entre sus integrantes. El pintor abre un catálogo y señala una serie de retratos de hombres jóvenes realizado en aquella época. Se ha dicho que eran víctimas de esa epidemia, aunque Kami afirma que no es exacto, pese a que el tono fúnebre de sus retratos lo sugiera.


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Pintó la serie Untitled (18 Portraits) mientras la epidemia del sida se cobraba vidas a su alrededor.

Enumera sus destinos, no todos particularmente alegres. No queda claro si esas imágenes le inspiran nostalgia o terror. “Era un mundo distinto”, se limita a decir, intercambiando una mirada cómplice con su compañero, británico y varios lustros más joven, que se acaba de sentar a su lado. “En los ochenta tuvimos una gran libertad, pero fue castigada con el sida. Hoy todo va mucho mejor, pero… ¿qué pasará mañana?”. Se autodefine como optimista “muy en el fondo”. En una mesa se ven varios periódicos despedazados: leer la prensa le sume en la depresión. “El discurso de Trump y su Administración es sencillamente devastador. El mundo se ha vuelto lúgubre. Mire lo que pasa en Rusia, en India, en Turquía. Y, obviamente, en Irán”. Cuando quiere recobrar esa ilusión intermitente suele pensar en el Prado. “Es mi museo favorito. Allí se encuentran los pintores a los que más admiro: Velázquez, Goya y El Greco”, dice. A los 12 años empezó a copiar los cuadros de esos maestros, encontrados en viejos catálogos. Gracias a ellos entendió que la pintura sería su sacerdocio.


elpais.com
Texto: Álex Vicente
Fotos: Erik Tanner
 




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No debemos dejar que la Cultura muera, si muere el Arte, muere nuestra parte humana...

Los actos de hoy, marcarán nuestra era, sino...

¿Qué dejaremos para el que venga mañana?

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